Caldo de Carvalho XIX Morirá esta historia en la Historia

   El tren negro ha llegado a Mieres del Camín, en la cuenca del Caudal. A la puerta de la estación una pintada apolítica, “La putón se va a Gijón”, recibe sin acritud a escritoras y escritores, acompañantes y curiosos. Forman una manifestación que cruza perezosa el puente de Seana. El valle está esplendoroso con mil verdes distintos, el río baja del puerto limpio, amoroso y saltarín, hay garzas y cormoranes. El cielo da gloria verlo, azulón y transparente, el sol escanciáu a la altura justa, como tién que ser. La ciudad apacible recibe a los visitantes metida en sus quehaceres. Huele a monte bravo, a historia carbonífera, a comedia negra en los chigres y a cultura de la resistencia. A la izquierda el parque Jovellanos, un milagro público, a la derecha la Mayacina, vanguardia arquitectónica, de frente, al fondo, Requejo, la plaza más asturiana de Asturias. A los poetas le gusta Requexo, o Requejo, o la plaza de la sidra, un rincón del mundo que hace esquina entre Manhattan y el Trastevere.

   Nadie en Mieres del Camín conoce mejor a la clientela de la plaza que Santos Palacio. No nació en una parva de cucho ni tuvo un fraile escondido en casa, se pagó la carrera escanciando sidra, más o menos cantarina, montando terrazas, educando borrachos, más o menos cantarines, y tomando nota de los pequeños detalles. Ahora es politólogo en paro y hace encargos para un abogado algo irregular. En Casa Flora lo conocen desde nenu, no han puesto pega ninguna a su extraña petición, trabajar un día, hoy. José Andrés dirige las operaciones desde el centro de la plaza. Como Santos, José Andrés, el cocinero más famoso del mundo, nació en Mieres, es hijo predilecto. Santos sabe que la llegada del tren negro y la celebración de la jornada mundial del Bacalao, han provocado la llegada masiva de medios de comunicación y turistas. El homenaje en la Semana Negra y un festival gastronómico con el bacalao de protagonista, deberían atraer al detective ibérico más internacional. Según Santos se cazan más moscas con miel que con vinagre. El dispositivo de Salmorejo, disimulado como un control rutinario, preparado desde primera hora de la mañana y vigilado por la guardia civil, ha detenido a Carvalho en la Villa. Joao Carvalho, un taxista de Braga. La descripción se ajusta al retrato robot de Lifante, una imagen imprecisa y poco fiable, han pasado veinte años desde que lo detuvo. Las huellas no coinciden. Diez minutos después Carvalho es arrestado por dos policías de paisano en el mercado mientras probaba cecina de chivo. Aleixo Carvalho, profesor de literatura en Coimbra, también descartado por Lifante y las huellas dactilares. Salmorejo empieza a jurar con el tercer Carvalho sospechoso, un psiquiatra de Oporto que compraba callos donde Sagrario. En Oñón están aparcando autobuses. Alguien en Portugal tuvo la feliz idea de organizar viajes económicos a Mieres, a las jornadas del bacalao. El anuncio en redes sociales, octavillas, radios y periódicos, especifica el precio y la gratuidad para todos los apellidados Carvalho. Salmorejo se caga en la puta que los parió a todos sentado en el Rinconín, dándole a los chipirones y al prieto picudo. Santos vuelve a escanciar con un ojo en el comisario y otro en la parroquia. Sigue el despliegue de fogones en la plaza dirigido por José Andrés. Acaba de llegar a saludarlo Aníbal, el alcalde, un minero comunista jubilado recolector de sucesivas mayorías absolutas. Ha renunciado al sueldo y vive de su pensión. Se ha corrido por Mieres la voz de la invasión de los Carvalhos. Tonia graba la estatua del sidreru con la niña en el carrito, desde el quiosco de la Churre, colgado sobre el río San Juan. Encuadra una panorámica de la plaza, las casas con corredores, los nenos jugando, las terrazas de las sidrerías. Salmorejo sentado al sol, el Mudo yendo y viniendo, el alcalde y José Andrés departiendo, la guardia civil patrullando la carretera general. Envía el video a Maruja que le habla por los cascos.

—Estupendo plano Tonia, huele a escalopines al cabrales. Vete a “Los Valles Mineros” y pide un pincho de carne guisada, Zanón llegará en unos minutos. Y pon la capota al carrito, mujera, que con esta solana vas a freír a la niña.

   Santos ve bajar a Tonia por la rampa de la plaza, se acerca a “Los Valles Mineros” reburdiando que es vegetariana. Detrás de ella llega Cadu, Carlos Barrio, historiador y escritor, saludando a todo el mundo. Santos es un personaje suyo. Viene a echarle la bronca, el politólogo hace lo que le da la gana, va por libre, cambia la música programada, se pasa el día escuchando a Stiv Bators. Cadu quiere saber de dónde ha sacado Santos la idea de esconder en la cámara de cervezas una escopeta. A las doce de la mañana las campanas de la iglesia de San Juan dan por inaugurada la jornada gastronómica con la ciudad repleta y la plaza a reventar. En los montes de alrededor arrancan las desbrozadoras.

   Antonio Carpintero, Toni Romano, enciende un cigarrillo en la Pasera sentado en un banco, frente a la estatua del poeta Teodoro Cuesta. Los poetas, en asturianu o en cualquier idioma, le dan igual. Le hierve la sangre, ha visto a Salmorejo y al Mudo. Está viejo, cansado y harto. Que si Carvalho esto o lo otro, que si Biscuter y Charo. No soporta ni un comentario más sobre el personaje y sus andanzas. Se han vuelto todos imbéciles. Anoche, en el hotel, engrasó la Gabilondo. ¿De quién tenía que protegerse? ¿A quién espera sentado allí? Ah, claro. Se lo dijo el Trini. Va a haber hostias. No le extraña.

   Paco Taibo, internacionalista, comunista y franciscano, ha organizado la división del Norte. La forman estibadores y mariachis. Esperan en el Padrún órdenes del comité central, Marieta, Maruja y Charo, instaladas en el mirador del picu Siana. Al sur, en Santullano, tienen su cuartel general Héctor Belascoarán, el Zurdo Mendieta y los guajes de la cuenca con gomeros y volaores. Todos esperan la señal de Santos. Como buen politólogo, Santos estudia la realidad concreta. Santos se acerca oferente al comisario con la primera bandeja de pinchos, bacalao al pil-pil. Salmorejo coge uno displicente, lo mastica despacio y traga. Santos cuenta los segundos. Salmorejo se desploma a su lado. Se abalanza sobre él y le levanta el móvil y la cartera antes de que se forme un corrillo y pidan un médico a gritos. El Mudo llega a la carrera. Interviene la cruz roja, presente en la plaza. Suena la sirena de la ambulancia y se llevan al comisario caminito del hospital. El Mudo llama al bunker, informa y pide instrucciones. Stewart y Litle Nicholas reinician el ordenador, se dirigen al hospital a ver qué pasa y a esperar órdenes de no saben quién. El alcalde y José Andrés olisquean y prueban con precaución los pinchos de la bandeja, dan fe de su perfecto estado. Santos le pasa a Tonia el celular y la documentación del comisario.

   A Leonardo Padura el bacalao no le hace ni fu ni fa. A miles de kilómetros Industriales ha vuelto a perder. A pesar de su fe inquebrantable le entran achaques de cansancio histórico. Busca juntarse con amigos, beber una botella con algo para picar y hablar mierda sin tener que medir las palabras. Pasea al lado del río a la búsqueda de un chigre con Mario Conde, lo más parecido a un amigo que tiene a mano. El expolicía, exlibrero de viejo, y vigilante en un restaurante, no se imaginaba Asturias así. La cuenca minera le resulta familiar, Carvalho, un primo lejano. Ahora está en medio de una conspiración. Su trabajo, pagado en dólares, ha sido fácil, solo tenía que hacer una cosa, mentir. Un poco, una mentira inocente. Por una vez no le sacan del cuero los beneficios. Su presencia en la Semana Negra hizo inevitables las entrevistas, Marieta contaba con ello. Cuando le preguntaron por Montalbán se lo pusieron fácil. Carvalho y él eran amigos desde hace años, mantenían el contacto. Iban a verse en Gijón, tenían pendientes unos panchinos y unas botellinas. Un falso bisabuelo de Turón garantizaba un espacio en la portada de “La Nueva España”. Por la otra orilla, en dirección contraria, discuten Kostas Jaritos y Salvo Montalbano. Son funcionarios, no deben entrar en asuntos internos de otro país. Les asalta la ausencia de Andrea Camilleri. Aplauden con ardor el valiente reconocimiento de su indiferencia ante el fútbol y de su incapacidad para cocinar. Desde el puente de La Perra, con una caña de pescar en la mano, Petros Márkaris sigue el trayecto de los comisarios. Decide introducir en la situación una llamada de Adrianí. Recuerda a Jaritos, dando por hecho que lo ha olvidado, el cumpleaños de Lambros, su nieto.

   Salmorejo despierta en el hospital con dolor de cabeza, la lengua azul y medio cuerpo paralizado. Balbucea, intenta hablar. Stewart y Litle Nicholas salen a fumar a la puerta del hospital discutiendo entre ellos. Li, un agente chino de la guardia civil, toma declaración en un folio con un boli rojo.

— ¿Qué quiere denunciar?

—Me han robado la cartera con la documentación, las tarjetas y el móvil. Y han intentado envenenarme.

—¿Quién?

—No lo sé. Estaba en Mieres, en la plaza de Requexo, me ofrecieron bacalao y no me acuerdo de más. Me desperté aquí.

—¿Bebió sidra?

—No, vino.

—¿Cuánto?

—Dos o tres.

—¿Cuál es su profesión?

—Estoy jubilado. Era policía y empresario.

—El comisario Salmorejo. ¿Correcto?

—Sí.

—¿Qué hacía en Requejo?

—Me gusta mucho el bacalao. Vine a las jornadas.

—¿Cómo le gusta el bacalao?

—¿Cómo dice?

—Es para el informe. Luego el sargento me pregunta.

—¿Pero qué relevancia tiene eso?

—¿No tiene relevancia el informe?

—¿Un informe sobre mis gustos?

—¿Sus gustos son irrelevantes?

—¿Qué tienen que ver mis gustos con el robo?

—¿Qué robo?

—¿No ha oído lo que le he contado?

—¿Ha visto a alguien robarle?

—¿Pero no acabo de decirle que me desmayé?

—Aquí las preguntas las hago yo, comisario. Usted responde. ¿Cómo le gusta el bacalao?

—Hervido. Con limón y mayonesa.

—¿Está usted seguro? ¿Limón y mayonesa o mayonesa con limón?

—Es lo mismo.

—El dicente afirma que es lo mismo. ¿Cuándo se dio cuenta de que le faltaban la cartera y el móvil?

—Aquí, cuando desperté le pedí a mis ayudantes el móvil para hacer una llamada y no estaba en mi chaqueta, ni en los pantalones.

—Ayudantes… ¿de qué? ¿No está jubilado?

—Sí, pero necesito ayuda.

—¿Para qué?

—Para mis asuntos privados.

—¿Qué asuntos?

—Privados, se lo acabo de decir.

—¿Dónde vive?

—En Madrid.

—¿Conoce a Jose?

—¿Qué Jose?

—El de Madrid. Fue conmigo a la academia.

—En Madrid debe haber cien mil Joses.

—¿Cómo lo sabe?

—Oiga… ¿Puedo hablar con su superior?

—¿Con el sargento? No, no puede. ¿Por qué quiere hablar con él?

—Quiero que se respeten mis derechos.

—Bienvenido al país más garantista de Europa. ¿Quiere un traductor?

 

   En el cielo despejado Carlos Zanón le ha cogido gusto al helicóptero. Vigila las partidas diseminadas por el monte. Va a haber follón. Da información por radio de las maniobras al triunvirato. Charo se queja.

—Ay Jesús, qué recoña…

—No te quejes tanto, cariño. A Pepe que le den. Bastante te ha amargado la vida.

—Que no, Maruja, que no. Que no va a venir. He visto el folleto, cien formas de cocinar el bacalao. No va a venir, falta la fundamental, el pan de bacalao de las Reparadoras, con su bechamel, su zumo de limón, su manteca de vaca y sus langostinos. Me lo dijo Biscuter. Nunca había visto a Pepe con los ojos en blanco.

—joder con las monjitas...

—A ver si estamos a lo que estamos. Primero tomamos Mieres y luego tomamos Madrid.

—Pero vamos a ver, Marieta. ¿Tú crees que se dan las condiciones?

—¿Qué condiciones? ¿Con ochenta años me van a importar a mí las condiciones? Estuve en Sierra Maestra, en Angola, en Vietnam, en Palestina y en Afganistán. ¿Quieres que te cuente las condiciones? Payo cabrón que vea, payo cabrón que me cepillo. Así hasta la Puerta del Sol.

—Mujer, si no digo que no. Lo que pasa es que lo de Madrid no lo veo. Mira Zanón ¿Se ha ido a vivir a Madrid? No, se ha instalado en Málaga. Por algo será. Maruja, hija, díselo tú.

—Yo soy más reformista pero esta revolución me gusta. Ahora, también te digo, nos van a mandar a la legión. Y a la OTAN si hace falta.

—¿Qué diría Manolo?

—Que esto de echarse al monte es una frivolidad. Pero después de Messi Manolo estaría dispuesto a todo.

  A cincuenta metros acaba de aterrizar el helicóptero. El ganado se asusta y se dispersa. Zanón se acerca a la carrera hasta el mirador. Viene gritando.

—¡Ha venido! ¡Ha venido! ¡Está en el ayuntamiento!

—Ay, mi Pepiño…

—No, joder, Pepe no. Ha venido el Rey. Acaba de llegar, está con el alcalde.

—¿El padre o el hijo?

—Ninguno de los dos. El de Inglaterra. Lo está transmitiendo en directo la BBC. Le acompaña Simeón de Bulgaria.

  Las tres mujeres intercambian miradas incrédulas. Es un imprevisto. Charo se pronuncia la primera.

—Yo lo de Diana no se lo perdono.

Responde Maruja escéptica.

—Hace años que perdí la fe en la BBC. Desde la guerra del golfo.

Marieta se subleva y saca la pistola.

—Ni rey ni nada. Es una maniobra de distracción. Tú, al helicóptero. Vosotras a callar.

—No seas autoritaria, Mari. A mí no me callan ni los marines.

—Dimito. Hacéis la revolución vosotras solas. Me vuelvo a la residencia.

—De eso nada, guapa. No hemos preparado este circo para hacer el ridículo. Carlos...pon un mensaje a Tonia. Que empiece la fiesta.

—Vale. ¿Qué hacemos con la guardia civil?

—Nada, déjalos, no quieren líos.

  En medio de Requexo Tonia abre el maletín del violín y saca un pistolón de señales. Dispara al cielo una bengala. Las partidas cortan las carreteras. En el ayuntamiento se retiran las banderas oficiales. Los revolucionarios despliegan una pancarta que cubre la fachada: “Bacalao sostenible o muerte o soja”. En el salón de actos están retenidas las autoridades, el rey de Inglaterra y los periodistas. Una patrulla vegana instalada en la casa de cultura se ocupa de las redes sociales. Aníbal, el alcalde, con respeto, habla desde el balcón del ayuntamiento a las masas.

—Yasta bien de tanta comedia. A partir de esti momentu queda declará la semana del madreñazu. Tamos faciendo historia. Los jubilaos de les bicicletes a repartir sopa. Las paisanas a quemar los mandilines. Ta to pago. A tomar pol culo el desorden internacional, home ya...

El paisanaje parece de acuerdo con el manifiesto. Un joven pide la palabra.

—¿Y la contradicción de primer plano?

El alcalde no duda. Señala al interior.

—Eso ye cosa del concejal de cultura, a mí no me líes guaje. ¿Alguna pregunta más?

—La revolución o ye mundial o no tien futuro ¿Pa cuando quitamos las fronteras?

—Eso yastá hablao. El jueves.

—El jueves juega el Caudalín.

—¿Qué tendrá que ver? No hay más preguntas. A cascala.

  Llegan noticias preocupantes. Un grupo de enfadicas se ha hecho fuerte en la calle de los bares. Piden entrevistarse con el comité revolucionario, no son muy de cuchara, no les gusta la sopa. Mendiño se hace cargo de las negociaciones y ha ofrecido tropezones. Explica los beneficios de la sopa y su consumo desde el paleolítico. Al llegar a la edad media los sublevados quieren colgarlo de una farola. Duluc intercede; si no quieren sopa que coman queso. Se aprueba la llamada “excepción de Urbiés” a mano alzada. En el puerto de Santo Emiliano se concentran fuerzas de la otra cuenca, la del Nalón. Quieren un helicóptero para ellos y ñoras en la sopa. Se produce la entrega y el acuerdo de usar el helicóptero días alternos. El abrazo de la Collaona sella la unidad entre la alcaldesa de Langreo y los sindicalistas alleranos. Un comando intercuencas, Tonia entre ellos, se dirige a Villabona a sacar a los presos, qué presos no importa.

  En Requejo los Carvalhos portugueses y el coro minero de Turón interpretan “Grandola vila morena” mientras el jurado delibera sobre los bacalaos finalistas. José Andrés solicita al piloto del helicóptero que abra el espacio aéreo y permita el paso de una avioneta amiga que ha pedido permiso para aterrizar en el Polígono de Gonzalín. Son fuerzas internacionales, un amigo estadounidense de José Andrés; Barack Obama. Trae un mensaje de la OTAN: Estáis rodeados, rendíos. Barack Obama se ofrece como mediador, ha hablado con Zapatero en Villamanín y trae las medicinas del Rey de Inglaterra. La policía local de Gijón, comandada por Alejandro Gallo y Trinidad Ramalho, está a las puertas de Oviedo. El triunvirato hace cálculos. Han interceptado comunicaciones del enemigo.

—Charlie uno a Charlie dos. Charlie uno a Charlie dos. Cambio.

—Aquí Charlie dos. ¿Qué quieres, Charlie uno? Cambio.

—Aquí Charlie uno. Han llegado las hamburguesas congeladas. Cambio.

  Las redes de Maruja bullen. Llegan novedades de todos los rincones. Se ha lesionado en la ducha Giorgios Habilidousou. Ha sacado un disco un grupo muy famoso. El presidente de no sé dónde ha dicho no sé qué.

—Hay apagón informativo. Esto ya pasó en la guerra de los seis días. Pon la SER a ver qué dicen.

—Llevan veinte minutos de publicidad.

  Todo va bien a juicio de Marieta. Tiene experiencia. La llegada de Barack Obama solo puede significar una cosa, la sopa hace efecto. Los arsenales de la OTAN no pueden neutralizarla. En Oviedo no aguantaran mucho. Los ordenanzas del ayuntamiento de Mieres, abolidas las clases, sirven té al rey de Inglaterra y un chupito a Simeón de Bulgaria por conmiseración. Un Borbón alto habla por televisión. No se le entiende. Los alleranos piden fabes, tocín y morcielles, son reivindicaciones irrenunciables. Después de les fabes, más tolerantes, prueban la sopina. La magia de Biscuter hace efecto y salen escopetaos dando voces por el puerto de Vegarada. Cruzan la linde de León, enganchan la ruta del Curueño, el río del olvido, sublevan a los vaqueros de los Argüellos y se suben al hullero en la estación de Matallana. En León les espera el batallón de Genarín recitando en la muralla versos chufleteros. Toman sin resistencia el barrio húmedo entre vivas a la sopa de bacalao, copinas de orujo y mueras a la comida chatarra. El gobierno provisional se instala en el Besugo. Los de Cistierna declaran la guerra a Alemania otra vez. Se les pide por escrito mesura y pragmatismo. En Sabero cortan la vía y aíslan la región. En La Gitana, enfrente del Besugo, los más exaltados quieren ir a Valladolid a por vino de Serrada para echar un chorrín en la sopa.

   Pajares y San Isidro están bajo control revolucionario. Trenes, barcos, aviones y camiones transportan toneladas de sopa enlatada procedente de la fábrica de Plegamans en las Oubiñas. La logística funciona a pleno rendimiento.

   Una pescadora de Nazaré ha ganado el campeonato mundial de Bacalao. Le da derecho a incorporarse al triunviriato dirigente. Los mozos la suben al Picu Siana en volandas. La reciben circunspectas Marieta, Maruja y Charo. No hay tiempo que perder. France Presse acaba de anunciar la presencia detectada en Asturias de Bouvard y Pecuchet. Navegan por la costa a la altura de Llanes en un yate privado. Los rumores señalan un posible desembarco en la playa de La Ñora.

    El Rosario V navega a la altura de Punta Escalera. Biscuter cocina taramá con huevas de bacalao para acompañar una de las tres botellas de The Dalmore Trinities que se fabricaron hace 140 años. Carvalho dormita al sol en la popa, tumbado en una hamaca. El que fuera su ayudante está a punto de aparecer en la lista de los personajes más influyentes de Europa. Coincidió con José Andrés en la Escuela de restauración y hostelería de Barcelona. El asturiano trabajó en el Bulli y acabaría emigrando a los Estados Unidos. Después de la vuelta al mundo, con Carvalho preso, Biscuter cocinó para una secta partidaria de negociar la inmortalidad con los extraterrestres a los que esperaban en un valle del Mountain West con una acampada de bienvenida. José Andrés ayudó con la logística del catering y el éxito fue total. Las naves no aparecieron. Eso no impidió el delirio de los adeptos por los pimientos rellenos, las setas con piñones y el bacalao al horno de Biscuter. Los frustrados inmortales esperaron en Utah treinta días con sus desayunos, comidas y cenas, por si la fecha dada por la organización tenía algún error de traslación al calendario alienígena o hubieran surgido imponderables. La espera y la impaciencia volvieron descreído a Biscuter en lo tocante a contactos, no importa en qué fase. Como efecto secundario el evento proporcionó ingresos suficientes a la sociedad de Biscuter y José Andrés, Bisjoan Inc, para consolidar una franquicia implantada hoy en más de treinta países. Josep Plegamans Betriú factura cientos de millones anuales, ha invertido en negocios recomendados por Charo, accionista principal, asesorada por Rigalt i Mataplana, recién enterrado.

 Carvalho no tiene interés en los acontecimientos. Reconoce que la sopa enlatada por Biscuter está lograda, no ha perdido el paladar. Recuerda bien a Salmorejo, a Lifante y             a Contreras, su paso por la dirección general de seguridad, cuando era un joven revolucionario y los policías se reían de él, sentado en la celda: “cuando lleguen los tuyos, nosotros seguiremos aquí y tú seguirás ahí”.

  Sí, Rigalt i Mataplana le encargó la creación de los servicios secretos catalanes. Al ver la cifra del ingreso en el Banco no encontró motivos para negarse. Contrató asesores de confianza: Marieta, superviviente de la guerra fría, Maruja, superviviente de guerras en general, y Charo, superviviente a secas. Ninguna de las tres habría aceptado sin la oferta de Biscuter. Serían agentes dobles, formarían un servicio paralelo con sus propios objetivos. Biscuter escuchó por fin lo que tanto había esperado.

—Biscuter, la taramá es perfecta, ni siquiera se nota el acenocumarol. Ya puedo morir tranquilo.

—Nada de morirse, jefe, está hecho un chaval. Aceno... ¿qué?

—El principio activo del Sintrom. ¿Crees que no te he visto echarlo en el sofrito?

—No se le escapa una. Es para que la sangre no se haga morcilla. ¿Me explica ya a qué hemos venido?

—Todavía no lo sé. Dicen que los ordenadores tienen memoria. Qué tontería, la memoria es otra cosa. Nunca sabrán de sabores, olores, tactos, dolores.

                   “Solo

                    las viejas ruinas lo dicen todo

                    y no dicen nada

                   al cibernético

                  le sobran los tirabuzones, el vuelo

                  del organdí

                  las lágrimas, los recuerdos”.

—Hostia, jefe, qué bueno.

—¿Ves esto? Una memoria electrónica. La conectas a un ordenador y ahí tienes lo que quieren, información. Hay números de cuentas de reyes y presidentes con todos sus movimientos, códigos de acceso a las redes militares más secretas, dosieres sin desclasificar de los últimos cien años. Los trapos sucios de la élite mundial. Abre el Dalmore y pon unas gotas en el hielo. Pruébalo. El resto échalo por la borda. Mete esto en la botella y tírala al mar.

—No somos náufragos, jefe. Y ese whisky me ha costado ciento cuarenta mil euros, era para su cumpleaños...Vale, tiene razón. Somos quienes somos, venimos de dónde venimos. Al agua va. Blup.

                            “Descubrió

                     que finalmente morimos de uno en uno

                     y se echó a llorar

                     a orillas del mar

                    la, lá, la, lá

                    la, lá, la, lá”.

—Te queda por dar unas explicaciones a lectoras y lectores. Están en la penúltima página y tendrán cosas que hacer.

—Siempre me toca a mí, jefe. ¿Qué quiere que explique?

—El sentido de la vida.

—Eso es fácil. La gente no es tonta. Ahí va:  Rμν - 1/2 R gμν = 8π G/c^4 Tμν

—Y ahora quédese aquí tranquilo. Tengo que hacer unas llamadas a la fábrica. En Requexo ya se ha liao, ya está armada. Muy mal se nos tiene que dar para que esta vez no sea la buena.

 No todo es jarana en la plaza de Requexo. En el Correor un paisano muy mayor apura la copa de anís. Está serio, no participa del jaleo general. Es foriato, está solo. Se levanta de la terraza y se aleja hacia la carretera de Sama. Con el puro en la boca, tose al subir la cuesta de la caleya. Va fijándose en las flores; claveles, dalias, hortensias, cosmos, hibiscos, geranios y rosas. Alguna casa en ruinas comida por el monte, manzanos, cerezos y una higuera. Un caseto con pites, huerta. Empieza a orbayar. Llama a una puerta con los nudillos, no hay timbre. Abre en pijama y zapatillas alguien desconocido para él.

—Buenos días. ¿El señor Rodríguez?

—Sí, soy yo.

—¿Es usted el que me ha traído hasta aquí?

—Sí, Méndez. Pase. ¿Quiere un café?

—Se lo agradezco, con gotas si es posible. Voy a cumplir noventa años. Subir cuestas me mata.

—Usted y Carvalho son inmortales. ¿Unas galletas?

—No...Pues usted dirá.

—Quiero confesarle algo inspector. Yo maté a Mari Luz, a Moré, al Toto y a Regulero.

—Virgen Santa. ¿Puede probarlo?

—Claro, claro. Con su permiso robaré otra frase a Manuel Vázquez Montalbán: “el asesino de mi novela es el escritor. Es decir, yo. Y si no soy detenido en las horas que siguen a esta revelación es que ya no puedes fiarte ni de la literatura”.

    Cantó el Gran Gato. Cuadraron al carrer la filla de Cuba i d´un gitanet, la sopa, la memoria y el deseo, la geometría y la compasión. Inspiración y locura:

                                     Quisiera ser poeta...

                                     Para no ver de cerca,

                                    A mis amigos tristes,

                                   A nuestros hijos grandes

                                   Y a nuestros viejos lejos...

    Tonia Calógero subrayó una última cita de Montalbán: “Un escritor posromántico todavía podía imaginar o soñar que con un poema podía cambiar el orden de las cosas; ahora sabemos que la historia no cambia ni bajo los efectos de toda la programación de la televisión americana”. Antes de irse a dormir enchufó en el portátil la memoria remitida por Gustave Flaubert, el autor de Bouvard y Pecuchet. 

 Un escritor ultraliberal, más o menos de Chicago, todavía podía imaginar o soñar que con un tratado de economía podía cambiar el orden de las cosas; ahora sabemos que la poesía no cambia ni bajo los efectos de toda la caterva de encantadores.

—“Bacía, yelmo, halo, / éste es el orden Sancho”.

Apoyado en la barra de "El Pirata", Makinavaja, el último choriso, el penúltimo poeta, cierra el libro que le han obligado a leer. Enciende un pito y sentencia.

—“Po fueno, po fale, po malegro”. 

El último que apague la luz.

 

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