Caldo de Carvalho (I) Nada quedó de abril
En tiempos del rey Peret I, entre
el Tibidabo, el mar, el Besós y el Llobregat, el güiro del Gato Pérez, poeta de
la fiesta y el sabor, marcó la clave de Barcelona. Tonia recupera para la
ocasión un verso intemporal de aquella panda sonora. “A las tres de la mañana
nadie cree ni una palabra”. En el más allá, Badalona, a las cinco y sin
verbena, ni media. Tonia se estira y bosteza con los ojos irritados mientras el
Bambi, llegado esa misma tarde desde Madrid, secretario general del sindicato,
aburre al comité de delegados y a unos pocos militantes. No presta atención. El
Bambi es un millonario disfrazado de anarquista. Tonia deja pasar las últimas
cajas de pizzas frías esperando la ocasión más discreta para salir del local
lleno de humo y certezas. Su trabajo ha terminado. Sin despedirse gana la
calle, el frío, el parque Nelson Mandela. Arranca, sumándose a medio gas al
tráfico escaso y atraviesa hacia el sur, en paralelo a la playa, una madrugada
con olor a mar, anís y petróleo.
Hay
personas durmiendo debajo del puente de la autovía, entre cartones y carritos
de mano. Tonia pasa zumbando con el ciclomotor prestado de Malik. Va a la
Barceloneta a cero grados, un martes de abril. Un abril distinto al de los
poemas de Montalbán, “cuando había alegría y rastro de mejillones en la
escollera”. Quiere estar en casa antes de que llegue Nana, su madre, después de
cocinar toda la noche para la subcontrata del hospital. Irán juntas al
aeropuerto, llegan de Grecia los abuelos. Ahora la familia se puede permitir,
de vez en cuando, unos billetes de avión.
La noche
fue desagradable. Los del sindicato la liaron para traducir al francés y al
inglés, como si alguien fuera a leerlo, un comunicado lleno de nada y urgencia.
No pudo negarse. Se lo había pedido Malik y le debía muchos favores, la mayoría
confesables. A Malik le cuesta admitir que el Bambi sea un impostor. Tonia no
insiste en convencerlo. Que la mujer del secretario general sea directora
ejecutiva de una multinacional le parece un ruido. Para los informados del
sindicato es normal, amor libre. Malik se afilió al firmar su primer contrato
en un bar de San Roque. Escuchó en el barrio, lo que mejor sabe hacer,
historias y leyendas, a los Chunguitos y al Camarón. Le llamaron la atención
las pintadas ácratas en los bloques de cemento aluminoso, la mayoría ya
derribados, construidos en el siglo pasado para alojar a gitanos y
emigrantes.
Si en
vez de hacer caso a Malik hubiera cogido un taxi para volver a casa no estaría
congelada con los labios morados, tiritirititando de frío. Tonia es medio
italiana, sabe que trabajar cansa. Lleva en España tiempo suficiente como para
haber aprendido que, además, si es gratis, cría mala hostia. Cambia de humor al
doblar la esquina de su calle, en unas horas verá a los abuelos. Traerán besos,
achuchones y regalos; libros, blusas cosidas por la tía Eleni, alguna botellita
de ouzo.
El suelo
húmedo refleja la luz de las farolas fijadas en las fachadas de la calle de la
Sal. Tonia oye el eco de sus pasos, reconoce el aroma de la basura recién
recogida. No ha empezado a clarear. Cincuenta metros más allá, justo delante de
su portal, hay algo, un bulto. Tarda unos segundos en reaccionar, acelera. Unos
gemidos roncos la alarman, corre asustada. En el suelo convulsiona una mujer
mayor. Con los nervios disparatados se agacha a su lado. Horror. No hay sangre.
No sabe qué hacer. Recuerda los temblores de una compañera epiléptica en el
patio de la escuela con espuma en la boca y los ojos en blanco. Un gemido
gutural y los espasmos la provocan escalofríos, no se atreve a tocarla. Al
incorporarse para sacar el teléfono y llamar a alguien, sin saber a quién, ¿qué
número es el de emergencias?, ve un chico pegado a la pared de enfrente. No
puede moverse, ni pensar, ni gritar. El chaval se dirige a ella con voz
tranquila.
—He llamado a la policía. La vi poco antes de que
llegaras tú.
No tiene
ninguna razón para creer nada. Piensa en una ambulancia como algo más útil.
Sostienen las miradas separados por unos pocos metros. A sus pies la mujer
tiembla a medio vestir. Rota, no parece consciente. Al fondo de la calle asoma
un coche patrulla y el desconocido levanta la mano. Tonia entra al portal,
espera que llegue la policía. Ve al chico dar explicaciones, sube al piso. Su
madre está a punto de llegar. Prepara el desayuno. Zumo, galletas, café. Se le
cae un vaso, explota contra el suelo. Su padre, Aldo, duerme. Entra a trabajar
a las ocho en el camping. No piensa despertarlo si no lo ha hecho el estallido
del cristal en la cocina. De la calle llega el rumor del puerto, el tráfico,
los primeros camiones de reparto, alguna persiana. Recoge el estropicio, se
sienta frente a la tele apagada. Suena la cerradura de la puerta. Nana aparece
pálida y cansada, abrazada a sí misma, sacudiéndose el relente. Se quita el
plumas y se derrumba en el sofá, a su lado. Tardaron en hablar. La mujer murió
antes de que llegara la ambulancia. Había caído desde el cuarto.
La mujer
muerta acababa de llegar a Barcelona. Ningún vecino la conocía. Tonia supo su
nombre mirando el buzón, Mariluz. Nadie preguntó por ella, nadie se ocupó de la
parte burocrática de la muerte. Una empresa de alojamientos turísticos compró
el piso a la semana siguiente. Tonia nunca se cruzó con ella.
No ha dormido todavía. Prepara la comida a
los abuelos, sentados en la camilla junto al ventanal. No les han contado lo de
la vecina. Tonia cocina poco, hoy es una excepción voluntaria. Con una
profesional de los menús y un hijo de charcutero en casa, sabores y olores
están garantizados. Corta cebolla con los ojos llorosos, chile verde y tomate.
Muele que muele en el mortero un aguacate, añade limón, cilantro, sal y la
picada. Sirve tostadas con el guacamole, huevos fritos con pimentón, café de
puchero. El pasado remoto de los abuelos provoca en su nieta la pesquisa a
veces impertinente de la curiosidad. Tonia discurre por bulerías: “De los
buenos manantiales se forman los buenos ríos, abuelos, padres y tíos”. Penélope
pasó hambre, tuvo que comer de todo. Alaba el plato de su nieta con la
desmesura habitual de las abuelas mediterráneas. No la hay como su Tonia.
En las investigaciones genealógicas de Tonia
la abuela Penélope es una testigo del siglo veinte, de los años treinta, del
“Gran Desastre”. Se lo ha contado mil veces. Las refugiadas como ella llenaron
los suburbios de las ciudades griegas. Sufrieron cárceles, persecuciones,
adicciones, prostitución y miseria. Su música duele. El rebétiko; la crónica
sentimental de dos millones de personas expulsadas de Turquía. Se cantaba
acompañado de buzukis, violines, acordeones o guitarras, en las tabernas y los
cafés de peor condición, entre humo de hachís, opio y vino barato. La dictadura
militar mandó callar.
Nunca vio
leer a la abuela. Condenada a trabajos forzados desde que tiene memoria, su
tiempo pasó en el trajín de lavar, fregar, planchar, cuidar parientes, criar
hijas, cocinar, acarrear, hacer cuentas con límites y derivadas, calcular
probabilidades, ahorrar, detectar enfermedades, coser y hacer camas, matar
liendres, enjaretar parches, desplumar pollos, desnucar conejos, pedir favores.
Encontró ratos para cantar, mimar flores y nietas, participar en debates vecinales
a gritos desde la ventana, preparar fiestas familiares o del barrio, tener
conversaciones teológicas y discusiones sobre cine y televisión en los puestos
del mercado. Habla mucho, cuenta historias. Intuye la importancia de la
oralidad en la transmisión de saberes perseguidos. A su alrededor viven también
demonios familiares, odios, heridas abiertas, supersticiones. Tiene mala leche,
buena memoria y defectos ambientales contagiosos. A su nieta le parece
perfecta.
A Tonia le
cambiaron la vida Mariluz y Carmen Balcells. La agente literaria, una de las
más importantes del mundo, no contrató a Tonia por la primera impresión, una
joven extravagante que provocó su irritación cuando llegó tarde al Hotel Casa
Fuster, despistada y en bicicleta, para tocar el violín en la presentación de
un libro sobre la Bohemia de Kafka, el escritor praguense y austrohúngaro. Lo
hizo después por razones prácticas. El texto casual que las unió, escrito por
una desconocida, citado de refilón por un crítico de la revista
Deskontrakultur, había llamado la atención a los lectores de la agencia.
Junto a
la escritora acudieron al acto promocional su padre, el cónsul honorario checo
y el alcalde liberal de Praga, estafado en su ciudad por tres taxistas al
intentar demostrar disfrazado de turista que las denuncias de malas prácticas
en el sector eran falsas. No faltaron mandarines, críticos y los habituales de
la industria cultural, arrascándose los huevos. Entre tanto chaqué y tiros
largos Tonia llamaba la atención. Nadie le había hablado de etiquetas o
protocolos. En mallas, zapatillas y camiseta, levantó la barbilla, se colocó la
braga tirando de la goma, fijó la mirada en el borroso atril lejano y cruzó el
salón dorado con aire de ir a navegar.
Un
antiguo profesor de Tonia, el cura Don Epifanio, el Epi, esperaba impaciente.
Había escogido para el evento a sugerencia del abad, algunos fragmentos de
Dvorak, contemporáneo de Kafka. Como intérprete eligió entre sus alumnos a un
virtuoso de catorce años, tumbado por unas paperas el mismo día. No encontró
sustitutos disponibles. Tonia era el último recurso, necesitaba el dinero y
aceptó el marrón. Pasó un mal rato con el profesor clavando en ella una mirada
lateral. Ajena a las primaveras de la memoria, de los pueblos y de Praga,
intentó convocar al espectro de Kafka cuando el cura, en trance, marcó el
comienzo. El checo judío que escribía en alemán, la metáfora poética del
charnego, no se apareció. Al segundo compás Tonia concluyó que para tocar cualquier
pieza es conveniente satisfacer primero las necesidades fisiológicas más
elementales.
La
ejecución salió atropellada. Tuvo varias pifias. Tocó con un ritmo inquieto,
los labios tensos y las rodillas juntas, apretando los muslos mientras sentía
presión en el suelo pélvico. Con las primeras semicorcheas pensó que iba a
estallar, al llegar a las fusas levitó. Tardó en posarse los veinte minutos más
largos de su vida. Al terminar salió disparada entre aplausos indulgentes.
Don
Epifanio relacionó las contorsiones con drogas o posesiones diabólicas. Al
recoger la partitura se vio reflejado en la madera blanca del piano.
Engominado, con el alzacuellos perfectamente colocado, la ira le tentó. Unas
gruesas gotas de sudor habían dejado en su cara un rastro visible de tinte
oscuro desde las sienes hasta el mentón. Al Epi le saca de quicio la realidad
objetiva. Huyó a la francesa, sin hablar con nadie, maldiciendo entre bufidos a
Tonia, a Kafka, a Praga y a Bohemia.
Relajada
después de evacuar, Tonia volvió ligera al escenario. Mientras guardaba el
instrumento con parsimonia escrutó a la concurrencia. Quería cobrar lo
prometido y desaparecer. Conjeturó ante la fuga del Epi que la robusta mujer de
pelo blanco, gafas con cordones sobre la frente y un largo vestido amarillo
pálido, a la que había visto pendiente del reloj supervisando los preparativos,
era la autoridad competente. Buscó un hueco entre los invitados y se dirigió a
ella tratándola con lo que a Carmen Balcells le pareció indiferencia, algo a lo
que no estaba acostumbrada. La anfitriona se escabulló del cónsul y del alcalde
con una frase de cortesía y la acercó al bufet. Al segundo vaso de sidra en
copa de cristal soplado, la violinista dejó los monosílabos y las frases
escuetas para contestar, sin entrar en detalles, a un interrogatorio guiado por
el olfato empresarial. Cobró. Nunca había visto un cheque.
La
agente literaria más defendida por casi todos sus autores, a los que hizo ganar
mucho más dinero del que conseguían bajo el “régimen de producción esclavista
de las editoriales”, la más importante de la lengua castellana, ascendida por
Manuel Vázquez Montalbán a “009 superagente con licencia para matar”, estaba
interesada en la violinista y en el útil resultado de su corta biografía. Antes
de invitarla a comer y contratarla, encargó a su vidente italiana una carta
astral para conocer el grado de compatibilidad.
Tonia
Calógero Makris nació de madre griega y padre italiano en Berlín, en 1984.
Carmen recuerda aquel año. Recuerda casi todo la “mamá grande” de los
escritores. La policía federal esparcía rumores sobre la construcción de un
nuevo tramo del muro, frente a la puerta de Brandemburgo. La violinista se crio
en Kreuzberg, el barrio turco del sector estadounidense, a tiro de piedra del
check point Charlie. Carmen se levanta del escritorio a comprobar algo en los
almanaques de la biblioteca. Sí, confirmado. Kreuzberg fue bloqueado por la
visita a la ciudad de Ronald Reagan en 1987. El actor dijo una de sus líneas
más famosas: “Derribe ese muro Mr. Gorbachov”. Tonia tenía tres años.
Carmen
Balcells lo tuvo claro, la joven políglota y filóloga era un hallazgo.
Montalbán habría dicho que Tonia, emigrante y mestiza, podría callarse en siete
idiomas.
Tonia
Calógero es ideal para el trabajo de traductora en reuniones con autores,
editores, agentes literarios, piratas del copyright o cualquier empresario
dispuesto a invertir guita en el negocio editorial. No parece impresionable y
tiene la sangre joven que Balcells buscaba incorporar a la agencia antes de su
retirada, anunciada a la prensa al recibir la medalla de oro al Mérito en las
Bellas Artes.
La
infancia que Tonia vivió con mocos y frío leyendo tebeos en edificios
destartalados, jugando entre mujeres de cabeza más o menos cubierta y obreros
precarios, cantando con buscavidas, okupas y fugitivos es intransferible, no
cabe en los informes de la agencia. Son estrictamente personales los olores y
los tactos de Sète, Francia, en un instituto de horizonte con pinos y
atardeceres rojos. En su memoria azul guarda el tesoro de los años en la
Camarga, rodeada de flamencos y somormujos. Sus padres pusieron un negocio con
el dinero ahorrado en las fábricas alemanas. Un bistró a la orilla de una
carretera en desuso: Le Passage. La familia aguantó cuatro cortos veranos antes
de otra huida más al sur, Barcelona. Tocó volver a empezar con lo puesto. El
Poble-sec, la calle poeta Cabanyes, entre Montjuic y el Paralelo, el instituto,
la universidad. Barcelona; “albergue de los extranjeros”.
Dos
años después del primer encuentro con la jefa, recién cumplidos los veintidós,
Tonia ganaba en la agencia más que sus padres y se mudaron a la Barceloneta.
Más allá del trabajo su atención se fijó en la existencia festiva, el valor del
tiempo, las tardes con la Nuri, las ocasionales salidas nocturnas con Malik y
sus amigos, las musarañas y los poetas. Malditos o benditos.
El
violín de Tonia suena después de días borrascosos cumpliendo un luto
inconsciente por Mariluz. Es un viejo instrumento regalo de la abuela. Sonó en
las tabernas del exilio, pasó por manos de amargura y acompañó penas en casas
sin luz ni agua. El primer baile de Tonia, antes de saber hablar, fue en una
boda con desplazados sin calle ni barrio. Un hombre borracho que escupía al
suelo de tierra tocaba ese violín, la abuela cantaba. El abuelo escuchaba sin
intervenir, bebía en silencio.
Tonia
sabe que Aris no soporta a los coroneles en concreto ni a los mandones en
general. En su mundo no hay gritos, su vida es en voz baja. Ya aguantó
bastantes broncas y conflictos profesionales con los de la mano dura. Maestro,
hijo de campesinos, insistió desde que era niña en llevarla a librerías, cines
y conciertos. Decía que los libros son mágicos, las películas milagros y las
bibliotecas la memoria de la humanidad. En las noches veraniegas de El Pireo
iban al cine al aire libre. Sus películas favoritas eran musicales y comedias.
El abuelo daba una cabezada, abría un ojo, reía un gag, aprobaba un baile y
volvía a roncar. Por ella iría en chanclas a la guerra de Troya.
Nana
también creció con la música del exilio. Rezonga por el calor de un verano
anormal mientras escucha estudiar a su hija. Limpia las estanterías con un
plumero empapada en sudor. Se extraña por el corte brusco de la música. Ha
parado Tonia al sentir la vibración del móvil justo en el pasaje que más le
gusta. Tira el teléfono por la ventana del patio. Es el segundo en menos de un
año. Sabe quién llama y qué quiere. Siempre hace lo mismo el pelma de Moré,
asegurarse de que no ha olvidado una reunión importante. Tiene tiempo de
ducharse, elegir ropa y maquillarse bailando con Rubén Blades. Compra en el
bazar de la esquina el móvil más barato del mercado augurándole una corta
esperanza de vida. Media hora después espera a Moré y los famosos escritores
Andrea Camilleri y Petros Márkaris, a los que no ha leído todavía, en una mesa
con vistas al mar. Malik trabaja allí, tiene ojeras y cara de cansado. Después
de intercambiar chuflas y meterle alguna puyita sobre el Bambi, pide un corto y
unos pistachos.
En la
playa del Albir junto al mar, con la brisa y el olor a tostadas, Pepe lo tiene
todo hecho. Mató en momentos de amor y barro. Ha vivido con miedo a una vejez
sórdida, a la muerte no. Quiso jubilarse con dinero suficiente como para que,
llegado el caso, le limpiaran el culo con una sonrisa. No quiere morir rodeado
de comisionistas, ni acabar congelado junto a los turistas ingleses, en el
almacén de cadáveres sin reclamar. Le quedan algunas personas, pocas, y un
deseo, no perder la memoria; “La memoria y el deseo, alcahuetas de la
ocultación del rostro verdadero de la muerte”. Volver, reordenar el pasado, es
su última ocupación. Busca cuentas sin cuadrar antes de pagar la factura de los
muertos y apagar la luz. El primer recuerdo de su infancia, en el distrito V de
Barcelona, el barrio Chino, es un bulto en el suelo entre la calle Botella y la
calle de la Cera:
“—¿Borracho?
—No, muerto.
El cadáver del hijo de los verduleros, a los que
a veces apaleaban por vender sin permiso. Se cagaba en Franco a gritos al salir
del campo de concentración.
—Con cien años no pagarán el mal que han hecho.
—¿Quién?
—Los fachas.”
No
olvidará el cuerpo en la calle, ni a los vecinos del barrio asediado. Escuchó
al Musclaire cantar por las monedas que tiraban desde los balcones. Vio en los
terrados entrenar a Young Serra, el peso mosca que no consiguió comprarle un
abrigo de visón a su madre. Conoció a Manolo, Manuel Vázquez Montalbán, el
escritor que no llegó a ser primera bailarina del Bolshoi, ni delantero centro
del Barça, ni Papa, ni secretario general del partido comunista de la URSS.
El señor
Carvalho ha terminado su medio vermú. Pide merluza a la plancha con limón. Más
tarde, cuando lleguen las mujeres de su vida y Biscuter, tomarán café juntos y
hablarán un buen rato.
MVM
ResponderEliminarManuel Vázquez Montalbán, Manolo para sus amigas y amigos, murió hace veintidós años en un aeropuerto del lejano oriente. No le dieron el Nobel, un premio lleno de hegemonía, blanquitud y anticomunismo, ni el Cervantes, esa unidad de destino entre la hispanidad y la españología. Su premio fue un una vida ejemplar, una obra excelente y un público que lo echa de menos. El tiempo pasa, sí. La educación sentimental cambia como las memorias y los deseos. La deuda que tenemos sus lectores con él es impagable. Siempre irónico, poco amigo de las grandes palabras, no estaría cómodo con los elogios. Alguien tenía que decirlo: MVM fue el intelectual más valioso para las clases populares del siglo veinte. Decía MVM que un intelectual es aquel que se dedica a pensar y ponerlo por escrito. Pensó y escribió a una escala descomunal. Trabajo, trabajo, trabajo; ni un día sin escribir y pensar. La gratitud, y una cierta orfandad, es lo que nos queda a los supervivientes. La juventud que lea a Montalbán sin utilizar el presentismo encontrará una enorme compasión y una inmensa capacidad de digestión. Siguen siendo herramientas necesarias. La compasión que la ultraderecha no conoce, como elemento diferenciador, y la capacidad de digestión como herramienta necesaria para tragarnos las píldoras diarias de pensamiento paramilitar obligatorio sin que nos entre una diarrea y nos entierren en botella. Puede que estemos rodeados y no encontremos una salida. La violencia se dispara, la devastación prospera. No conocemos, como no conocían Bouvard y Pecuchet, las identidades que adoptan Carvalho y Biscuter en Milenio, nada útil frente a la barbarie. La inteligencia natural de MVM era un producto de la historia y la vida. Miente la historia, miente la vida. Un verso suyo. Descodificar las mentiras de la vida y la historia es un ejercicio necesario. Él lo hacía. Supongo que ahora mismo alguien lo está haciendo, aplastada o aplastado por la actualidad, el mercado, la geopolítica, la estupidez y las condiciones objetivas.
Aquello de subidos a hombros de gigantes facilita algo las cosas. Para gigante Manuel Vázquez Montalbán.