Caldo de Carvalho (V) Si te pusieran al trasluz...
A veces,
sin saber por qué, a Tonia le coge un bajón. Al doblar una esquina, al ver una
casa en ruinas, un grafiti con mala baba, la ciudad se pone cuesta arriba. Un
cansancio la acompaña. Al llegar a casa huele a pasta con ajo y aceite. Está
caliente, tapada, sobre el fogón. Nana ha hecho la cena antes de irse al
hospital, Aldo está de noche. Ajo, aceite, guindilla. Nada más. Perfecto. Su
madre la lee el pensamiento. Hay muy pocas cosas realmente necesarias. El aire,
el agua, el sueño, la ausencia de violencias, los demás y la comida. Pan blanco,
aceitunas negras. Carvalho y Montalbán, niños del hambre, de la posguerra.
Tonia cena despacio, saboreando. En la tele está acabando una película. Anuncios.
En las
antípodas antagónicas de Barcelona Antonio Carpintero, cobrador de impagados
fijo discontinuo, expolicía con bigote y exboxeador, al que le jode que le
llamen Toni Romano porque Carpintero, un oficio, es su apellido, y Romano un
gentilicio falso y un alias, se acaba de levantar. Le duelen todos los huesos,
la mayor parte de los músculos y buena parte de las vísceras identificables sin
estudios de medicina. El timbre de la puerta interrumpe la preparación del
café. Todavía grogui y en calzoncillos abre. Espera una visita despachable por
la vía rápida.
—Buenos días, Toni.
Habla un
hombre que ronda los sesenta años, uno setenta, ochenta kilos. Viste de negro,
gafas ovaladas, barba de una semana, cabeza cubierta, cara de no me vengas con
chorradas y mueca de no soporto las metáforas.
—Si usted lo dice… ¿Nos conocemos? Me resulta
familiar.
—Soy tu padre.
Toni no
contesta esperando el final de la broma. Fija la mirada unos segundos en el
gracioso y examina el pasillo buscando posibles acompañantes. La cafetera
empieza a dar señales sonoras.
—huele bien, a Colombia.
—¿Vendedor de café a domicilio? ¿Representante de
gorras?
—Escritor. Escribo novelas de esas que llaman
negras. No me va mal. Mi personaje más conocido se llama Antonio Carpintero,
Toni Romano. Ahora mismo está en gayumbos hablando con un extraño. No intentes
una respuesta porque suelo escribirlas yo y no tengo tiempo para un duelo de
ingeniosos.
—Ya… Juan Madrid. He oído hablar de ti. No te
ponía cara. Pasa y pon dos desayunos en la mesa de la cocina mientras me ducho.
Abundantes.
—Tienes la nevera vacía, Toni.
—Eres escritor, invéntate unas madalenas.
Huele,
además de a café recién hecho, a colillas de ayer y a esencia de Malasaña. Juan
se sienta en la única silla disponible y enciende un transistor Grundig de la
época de Arturito Pomar. No hay ninguna emisora sintonizada y mueve el dial
hasta que suena algo. Un cagamento iba a soltar Juan Madrid a cuenta de una
noticia cuando Antonio Carpintero salió del baño descalzo con un albornoz
amarillo. Sonó el timbre.
—Pero… ¿Regalo trufas o qué cojones pasa?
Al abrir
la puerta Toni rebaja el mosqueo y relaja la mala hostia. Es su vecino y amigo
Juan Delforo, otro escritor. Mide casi lo mismo que Juan Madrid, pesa más o
menos igual, lleva unas gafas muy parecidas, similar despeinado, incluso en el
gesto coinciden. Los dos Juanes se saludaron. Juan Madrid se explicó.
—Tú vecino también es un personaje mío, Toni. Lo
utilizo para meter baza subjetiva en mis ficciones. Café para tres.
—Algo había notado. A ver si lo he entendido
bien. Tú eres el capullo que hace que mi vida sea una mierda…Te lo agradezco,
me gusta. Y Delforo escribe lo que tú dictas. Nosotros no existimos y tú sí.
Toni sirve las tazas y añade unas gotas de
ginebra. Delforo parece estar intentando colocar las piezas en su cerebro. Mira
de reojo a su otro yo y lo encara:
—Y ahora escribes una escena hablando con tus
propios personajes. Muy pobre, señor Madrid. Decepcionante.
—Te equivocas Delforo, yo no estoy escribiendo
esto. A dios también lo metieron en un libro y se inventaron sus aventuras.
Cualquiera puede escribir lo que le venga en gana siempre y cuando respete la
legalidad vigente, especialmente los derechos de autor.
Interviene Toni. No parece dispuesto a participar
en una tertulia literaria.
—Ahora mismo os vais a la puta calle los dos, a
desayunar al café Gijón. Tengo cosas mejores que hacer.
Juan Madrid y Juan Delforo se levantan al
unísono. El primero toma la palabra después de apurar de un sorbo el cafelito.
—No es tan fácil Toni, no he venido por gusto.
Quieren contratarte. Mi agente, Carmen Balcells, ofrece cincuenta mil euros por
encontrar a un detective de Barcelona desaparecido hace tres años.
Cincuenta mil pavos es mucho dinero. Toni se toca
la nariz con el pulgar y mueve el cuello hacia los dos lados. Agarra la botella
de ginebra y le pega un viaje a gollete.
—Explícate, catedrático.
—Pepe Carvalho.
—¿Carvalho? Venga no me jodas.
Toni coge el paquete de Ducados y enciende un
pito. Delforo saca su propio tabaco sorprendido y pide permiso a Toni con un
gesto, para servirse un buen chorro de ginebra en la misma taza del café. Juan
Madrid continúa sus explicaciones.
—Igual que Delforo es tu vecino, parece que
Vázquez Montalbán lo era de Carvalho. Y lo mismo que Delforo escribe sobre
historias que le cuentas tú, Manolo Vázquez, que era para mí como un hermano,
lo hacía con Carvalho. Al morir Manolo, Carvalho desapareció. Su agente quiere
saber por qué. ¿No tienes otra cosa aparte de esta ginebra?
—Tengo orujo en el frigorífico, sírvete.
Trescientos pavos diarios más gastos. Lo buscaré diez días. No lo encontraré y
me pagarás tres mil. Esas son las condiciones. Si Carvalho ha desaparecido será
por algo y si no quiere que lo encuentren buscarlo es tirar el tiempo y el
dinero.
—Hecho. No has contemplado una posibilidad, puede
que lo hayan desaparecido. Los comisarios Jaritos y Montalbano se encargan de
la búsqueda internacional. Kostas Jaritos es un buen policía, tan bueno que me
extraña. Un funcionario honrado que trabaja en Atenas. Me desconcierta que
empezara en la dictadura de los coroneles y nunca haya soltado una hostia.
Salvo Montalbano es un siciliano culto y le gustan los rompecabezas. Del Foro
los conoce bien y podrá darte más explicaciones. A ti te han asignado buscar aquí.
Puedes contratar ayuda. Tu contacto será uno de los abogados de la agencia, un
tal Moré. Toma su tarjeta.
—Te falta contarme algo, Juanito. Carvalho no es
una estrella del pop, ni de familia rica. ¿A qué viene tanto interés en
encontrarlo?
—Papeles. Parece que en algún momento trabajó
para los Pujol. Lo están buscando unos cuantos fontaneros, incluido tu amigo
Salmorejo.
Juan Delforo cerró la boca, tragó saliva e
insistió en la ginebra. Parecía atascado. Toni se dirigió a la puerta, la abrió
e invitó a los Juanes a marcharse.
—Salmorejo… Un montón de mierda. Le tengo ganas
desde sus tiempos en el sindicato de policía.
Meses
después del viaje a Barcelona, cumplida con Adriani la promesa de unas
vacaciones en Patmos, el comisario Kostas Jaritos recibe en su casa una carta
ilegible enviada desde Vigata, Sicilia. Necesitó para su descodificación un
traductor, un calígrafo y un espiritista.
Salvo
Montalbano recién bañado en el Tirreno, de buen humor por los salmonetes con
alcaparras de Adelina, la asistenta, escribió un mensaje corto en la terraza de
su casa frente al canal. Confía más en el correo tradicional y el fuego lento
que en la tecnología y la inmediatez. Vistas las inversiones millonarias en
ciberespionaje de las agencias globales considera más seguros el sobre, el
sello, el bolígrafo, la cuartilla y el buzón. No se hace idea de cuántos ordenadores
necesitarían los centros criptológicos interesados en descifrar su letra.
No ha
descubierto nada. Ha visitado el cementerio de Staglieno, en Génova. Carvalho y
Biscuter se encontraron allí con un comerciante conservero poscasado con una
vasca. Un militante del PCI de Togliatti y Berlinguer, del partido comunista de
Euzkadi en los amenes del franquismo. Un apóstol del compromiso histórico. Ha
pedido un informe. Aprovechó para comprar pesto. Es todo lo que tiene. Envía a
su colega ateniense un saludo, buenos deseos y una cita literaria: “Carvalho
recibió el impacto de un paisaje privilegiado, de una marina total perfecta
como sólo había podido contemplar en Formentor, Patmos, la costa norte de
Jamaica o Port Lligat”. Corresponde a “Los pájaros de Bangkok” de 1983. Señal
de que Montalbano está releyendo las novelas de Carvalho, cosa que Jaritos no
piensa hacer. Ni las ha leído, ni se le ocurre.
Adrianí
y Kostas Jaritos pasaron en Patmos una semana celebrando sus muchos años
exactos de casados. El comisario, hombre de orden, estuvo horas en el hotelito
de la playa frente a una de esas marinas perfectas de las que habla Carvalho
mientras su mujer revisitaba la capilla de la virgen en el monasterio de San
Juan. Adrianí pidió favores
e hizo promesas de sacrificio en pago por su cumplimiento, ayunos que
acabaron incluyendo al comisario.
Jaritos
se siente emparentado con el detective, aunque sus vidas hayan sido muy
diferentes. Ha reconstruido con informes policiales el paso documentado de
Carvalho y Biscuter, o Bouvard y Pecuchet, como se llamaban en aquel momento,
por Grecia, donde cometieron varios delitos. Fueron tiroteados, les colocaron
unos kilos de cocaína en el coche. Llegaron al puerto de Patras procedentes de
Bríndisi. Salieron por El Pireo rumbo a Alejandría con documentación falsa, perseguidos
por una secta ultraliberal, la policía, narcos y mafiosos. Haciendo amigos.
En la calle de la Sal, enfrente de Negra y
Criminal, la luz del segundo izquierda está encendida. Tonia ha terminado la
cena, ha fregado el plato. Siguen los anuncios. Apaga. Calienta un café con
leche, se acomoda en el sofá y abre una novela de 1972 “Yo maté a Kennedy.
Impresiones, observaciones y memorias de un guardaespaldas”. El nacimiento de
Carvalho.
Al despertar con el libro en el suelo y la luz
encendida, su madre acaba de llegar. Su padre está a punto de irse. Los dos son
inocentes, ninguno mató a Kennedy. Mientras pone la cafetera repasa el
inmediato porvenir. No sabe por dónde empezar, hace algunas preguntas
dispersas. Ni Nana, ni Aldo saben nada de Mariluz. Su padre la vio una vez
saliendo del portal, miró hacía los dos lados de la calle como si no supiera
donde ir. Cojeaba ligeramente y se dirigió al puerto. Tiene el día libre, Moré
se ha ido a Madrid. Va a ir al sindicato, quiere saber quién es la mujer del
Bambi. Algo se le ocurrirá por el
camino. Su madre le da un beso y se va a la cama. Su padre le da otro y
se va al camping.
El
contacto algo violento del avión con la pista de aterrizaje al llegar a Madrid
despertó a Moré sudoroso y con la boca estropajosa. La noche anterior en una
discoteca de Lloret del Mar, chunda-chunda y pum catapum chimpún, se alargó.
Una extrovertida viuda rotunda le había seguido el rollo en la conga final. Le
contó que se encontraba mal. Había fumado por primera vez un canuto y mezclado
copas de con una pastilla que encontró en el pantalón de su hija. Al salir y
ver la playa, la mujer recordó a su marido socorrista, ahogado el verano
anterior por un corte de digestión. Apoyados en un contenedor desbordado de
bolsas negras y botellas vacías, maldijeron la crueldad de algunos destinos. Al
pasar Moré el brazo por su cintura la mujer empezó a llorar. No se lo tomó como
algo personal.
El
precio del primer café con gotas en el aeropuerto y el frio de diciembre al
salir de la terminal, le devolvieron al hiperrealismo y al tráfico disparatado.
En el taxi, adormilado por el día gris y la calefacción, una canción de Shakira
y otra de Nena Daconte, a punto de coger la circunvalación, un estruendo y un
temblor lo sobresaltaron. El ruido venía de atrás. El taxista soltó un cago en
todo reconcentrado. Al volverse vieron una enorme columna de humo saliendo del
aeropuerto. Los coches en la M-40 se acercaron al arcén y algunos conductores
se bajaron a mirar. Al momento hubo un atasco descomunal. La humareda, ahora
más negra, ascendía dando una idea del tamaño de la explosión. Moré,
egocéntrico, descartó tener algo que ver con lo ocurrido.
— ¿Podremos salir de aquí?
—Tardaremos… No nos ha cogido de milagro. Llevaba
ahí, en la puerta de llegadas, desde las siete de la mañana. A algún compañero
le ha pillao, fijo. Se habrá estrellao un avión.
Alejandro Sanz desapareció al cambiar el taxista
la emisora. Sonaron sirenas acercándose, algún claxon empezó a sugerir que
había que moverse. Los de la radio hablaban de una explosión en la T4 de
Barajas, era todo lo que sabían. Moré no quitaba ojo del taxímetro. Recordó que
pagaba la agencia. De imaginar a la jefa con las facturas en la mano pasó a
Rigalt i Mataplana, el Quimet de Charo. Un notario cercano a Pujol con negocios
en Andorra sí podría conseguir el dinero necesario para sacar a Carvalho de la cárcel.
¿Para qué?
Los
insultos del taxista cada vez que hablaba alguien del gobierno lo devolvieron
al atasco y a la conciencia de estar en la corte. Moré no es monárquico, es
Juan Carlista, esa rama extraña del carlismo. Hacía años que no pisaba la
capital del reino. Al acercarse al centro empezó a identificar alguna
referencia, El Retiro, Atocha, Gran Vía. Había quedado con Carpintero, Toni
Romano, en un bar de la calle del Pez. La emisora decía que había explotado una
bomba en el aparcamiento de la terminal recién inaugurada. El ministro de
interior, Rubalcaba, daba explicaciones. Habló de una llamada para desalojar,
ETA. El taxista entró en éxtasis. La cabeza le giró 360 grados varias veces.
Miró por el retrovisor con ojos justicieros. Creía haber detectado un leve acento
en el pasajero. Un acento catalán.
Moré
había propuesto “El Palentino” porque era el único bar que recordaba de sus
escasos días madrileños. Solía estar lleno de gente joven. Un sitio clásico y
barato. La ley antitabaco empezaba a implantarse con la oposición de la
aznaridad en proceso de marianización. No impidió que Antonio Carpintero
entrara con un pitillo en la boca. Nunca se habían visto pero Toni no dudó. El
pureta del traje arrugado y bigote espeso, apoyado en la barra tomando una
copa, era Moré, el abogado de la agencia Balcells.
—¿Moré? Soy Antonio Carpintero. ¿Viene del
aeropuerto?
—Encantado de conocerle, me han hablado mucho de
usted. Sí, menuda bienvenida. No tenían que haberse molestado. Con un collar de
flores y un daiquiri ya valía.
—¿Eso es humor catalán? Me parto, me encantan las
bromas. Sobre todo, cuando no he dormido, me duelen los pies de andar toda la
puta noche y tengo ardor de estómago. Muchos amigos míos trabajan en Barajas.
Hay dos muertos. Muy divertido.
Moré vació la copa y se solidarizó con
Carpintero.
—Pruebe la sal de frutas, el bicarbonato es más
agresivo. Podemos volver a empezar. Encantado de conocerle.
—Aquí tiene el informe. Que le aproveche. Si
quiere esperar a que coma algo, cuando termine se lo resumo.
—Faltaría más. Lo mejor para la ulcera son las
patatas bravas.
Antonio Carpintero se volvió hacia el camarero,
dio la espalda a Moré y mirando el expositor, eligió su pedido.
—Abogado y gastroenterólogo, mis profesiones
favoritas.
El atentado de ETA rompió la tregua. Dos
emigrantes ecuatorianos dormían dentro de una furgoneta en el aparcamiento. Los
mediadores, pacificadores y negociadores fueron puestos en cuestión. Dos
muertos más, Carlos Alonso Palate y Diego Armando Estacio, en la cuenta,
cercana al infinito, de las banderas y las naciones con o sin estado.
En la carpeta que Antonio Carpintero entregó a
Moré había un folio en blanco. El resumen era prometedor. Las croquetas y los
champiñones desaparecieron a buena velocidad deglutidas con la ayuda de una
caña espumosa. El abogado sin gesto visible esperaba las explicaciones con el
cheque en el bolsillo. Cuando Carpintero tiró la última servilleta de papel y
pidió un café, Moré aprovechó el hueco.
—¿Esto es humor madrileño o castellano? Los
polacos no entendemos ninguno de los dos.
—Mire, por acabar pronto, me deben cuatro mil
euros. Aquí tiene las facturas, he redondeado a la baja. Estuve diez días en
Barcelona. No existe ningún Carvalho. Es un personaje de Manuel Vázquez
Montalbán. Nunca tuvo un vecino detective. Nadie en Vallvidrera, ni en el
Raval, ha oído hablar de ese señor. No hay, ni hubo, ningún Biscuter, ni
Bromuro, ni Fuster. Dígale a la señora Balcells que esa historia es falsa.
—Joder, qué seguridad. Eso creía yo desde el
principio hasta que apareció la señora Rosario, con la que espero encontrarme
al volver a Barcelona. Verá Carpintero, antes me pasaba la vida entre el
despacho y el juzgado haciendo papeles, derechos de autor, contratos,
finiquitos y esas cosas. Desde que busco a Carvalho lo paso mucho mejor, tengo
carta blanca para ir y venir, talonario, horario flexible. Así que, si no le
molesta, prefiero que exista.
—Págueme y por mí se puede ir a comer con
Spiderman. El mundo está lleno de Charos y de impostores, abogado.
—No, no puedo, he quedado con su…el señor Madrid.
En cuanto lo de pagarle ¿Qué le parece doble o nada?
—El doble, bien, lo de nada ni lo intente. Soy
especialista en impagados, puedo ponerme muy desagradable.
—Lo dudo, es usted encantador. Aquí tengo un
cheque en blanco firmado por el contable de la agencia. Puedo poner la cifra
que quiera. Cuatro mil y hasta aquí hemos llegado o, segunda opción, ocho mil
por seguir investigando. Usted y yo no creemos que Carvalho ande por ahí. Pero
lo están buscando la interpol, varios gobiernos y gente que dice trabajar para
el CNI. ¿Me explica por qué?
—No veo la opción del nada, me tranquiliza.
—Si encuentran a Carvalho su informe no valdría
un euro ¿No le parece?
—La señora Balcells tiene amistades que se ponen
a su disposición para lo que quiera. Puede estar haciendo un favor a alguien.
Salmorejo dice que está buscando a Carvalho, pero sus objetivos son Pujol y el
rey con la excusa de la patria y esas gilipolleces. Lo único que le interesa es
la pasta. Esos supuestos papeles que nadie ha visto podrían aparecer cuando
hagan más daño a los nacionalistas catalanes. O desaparecer. Atribuírselos a un
detective privado les permitiría dejar fuera a la policía, extorsionar a todos
o vendérselos al que mejor pague.
Moré se acordó del Rubio. La versión de Antonio Carpintero cuadra bastante
bien con su visión de la jugada. Tiene lógica, es verosímil.
—Se lo compro Carpintero, pero necesito pruebas.
Si visten un muñeco deberían dejar pistas para demostrar la existencia de
Carvalho. Usted no ha encontrado ninguna. Voy a rellenar el cheque. Ocho mil.
Usted sigue la pista verdadera o falsa de Carvalho. Si sus gastos, o sus días
superan esa cifra, llámeme. Y le invito a otra caña, esto ya por mi cuenta.
Antonio Carpintero con el cheque en la mano
mejoró de sus dolencias estomacales. Caerá alguna juerga con el Moléculas y
puede que hasta sea divertido tocar los cojones a Salmorejo. El abogado Moré no
huele a colonia cara, no lleva ninguno de los seis peinados para camuflar
fascistas, ni habla como un pijoliberal. Acepta.
La mujer
del Bambi tiene nombre y apellidos rastreables. La lista de cargos y empresas
es interminable, la retórica revolucionaria del secretario general es
incompatible con ese historial. ¿A qué juegan? Tonia no tiene alma de
justiciera ni ganas de remover la mierda de otros. En el sindicato sabrán lo
que hacen. Pedalea hasta el puerto. Se sienta en un banco, come una manzana.
Por aquí paseaba Mariluz.
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