Caldo de Carvalho (III) Movimientos sin éxito

 

   Moré relee el informe entregado a Carmen Balcells por un periodista que confirmó a su mujer el olor a perfume japonés de la agente 009. Una firma de abogados suiza sacó de la cárcel a Carvalho. Enterraron al juez en demandas y alegaciones, el sumario desapareció. En el otoño de 2004 un coche blanco con matrícula de Andorra recogió a Carvalho en la puerta de la cárcel. Nadie, que se sepa, ha vuelto a saber de él.

    Para empezar a buscar Moré pensó, como habían indicado los montalbanólogos y carvalhófilos consultados, en Charo, la mujer con la que compartió los momentos más creíbles de su vida. Cansada de esperar que su Pepiño dejara de compadecerla, cogió la maleta y se marchó a Andorra. Dejó atrás el mar, puteros que en otro tiempo habría llamado clientes, Barcelona y al detective. Siete años después volvió. Era improbable que su trabajo en un hotel de Andorra o la boutique de dietética y cosmética abierta en el Port Nou, financiada por Rigalt i Mataplana, dieran para pagar abogados suizos. Mezclar Suiza, Andorra y bufetes caros en la misma frase, despierta sospechas en ministerios de medio mundo, en algunas consejerías autonómicas y en todo tipo de servicios de información. Moré hace girar el vaso sobre la barra. ¿Cuándo se había vuelto tan importante Carvalho? ¿El Centro Nacional de Inteligencia estaba interesado en alguien tan insignificante como él? ¿Era el detective, como había insinuado Montalbán, el barcelonés más popular desde la muerte de Copito de Nieve?

   En la plaza Roja de San Roque por las noches, cuando hace bueno, se arremolina en los bancos la humanidad. Tonia reconoce a los que acaban de llegar por los gestos y la prudencia. Otros han nacido aquí, algunos la saludan. Los emigrantes del tiempo y el espacio, la sal de la tierra. Nada nuevo, siempre fue así. Salieron expulsados de sus pueblos para construir ciudades, llenar puertos, fábricas, minas, cárceles, ejércitos, calles y cementerios. Las ramblas ya estaban llenas hace siglos: “Hi ha gitanos i jueus, i valencians i portuguesos, andalusos i algerins, i mallorquins i aragonesos”. Malik habla con una compañera quemada del sindicato. Está harta, de baja por depresión. Montó una huelga en la fábrica de coches con su federación. La ganó, hubo subidas y mejoras, fue portada de periódicos, un éxito. Los pretorianos del Bambi la pusieron en la diana; acoso, ninguneo, desprecio. Se tuvo que ir.

—Están jodiendo el sindicato Malik, y lo hacen aposta.

   Tonia lleva el ritmo en la cabeza. Si la vida es un contratiempo hay que medir. Entrar y salir en el momento justo, improvisando o siguiendo la partitura. Por eso baila siempre que puede, por eso el cuerpo reacciona a los ruidos colectivos, a la sincronía. Por eso mueve el pie, siguiendo la conversación en silencio, intentando acompasar las pausas y las palabras. Baila todo, la alegría y la rabia, la pena y la conciencia. El Bambi es un cabrón.

   Con la mirada perdida y la mente sepia, a las cuatro de la mañana, hora inusual para Moré un día de diario, en un bar cerca de la estación de Sans, cometió un error garrafal. Dejó el coñac y se pasó al whisky. Vomitó el coñac en Sarriá y el whisky en Sant Gervasi. A eso de las seis, sentado en un bordillo a la puerta de una cafetería cerrada en la Avenida de la República Argentina, tardó diez minutos en sacar de la americana el paquete de tabaco, otros diez en encontrar el mechero y cuarto de hora en conseguir que coincidieran lumbre y cigarrillo. Lo encendió al revés. A punto de cumplir los cincuenta era una hazaña repetir la operación, conseguir introducir el humo en los pulmones sin un ataque de esa jodida tos que revolvía bilis, flemas, lágrimas y mocos. Por eso se divorció Norma, su mujer, no soportaba estas escenas. Diez años después sigue siendo un abogado ajeno a ese gran mundo con más dimensiones de las que tiene interés en percibir. Su única ambición es la tranquilidad. Ya se lo dice el psiquiatra; “Ante todo mucha calma”.

  Necesita encontrar a alguno de los “familiares” de Carvalho, darle algo a la jefa. Seguir pasando facturas sin avanzar no tiene futuro. Charo, Biscuter, Fuster, o Carvalho no existen. Daniel Vázquez Sallés, escritor aburrido de los aduladores de su padre y de la agencia Balcells, se lo deja claro después de rogarle que no llamara más: “Carvalho no era más que un alter ego imprescindible para no tener que pedir perdón constantemente”. La jefa insiste en lo contrario. Si ella lo dice, no hay nada que discutir.

  Moré suele retirarse a una hora prudente y mantiene el alcoholismo dentro de un orden funcional. Cumple en el trabajo sin entusiasmo. No empieza a beber antes de las dos, al salir del despacho. A las once de la noche llega a casa y calienta algo precocinado o abre una lata para cenar con un vaso de leche. Se derrumba en la cama con el programa futbolero en la radio. Nunca mencionan a su equipo. Le despiertan los anuncios gritones.

 De niño quiso ser un pirata malo, pero no tenía madera. En la adolescencia aspiró a deportista. Corría los cuatrocientos metros en una marca prometedora. El atletismo resultó incompatible con la panda, el parque, el tabaco y los litros de cerveza. Ya entonces tenía problemas reales y filosóficos con el futuro, sobre todo con el no futuro. Estudió derecho sin querer, para que lo dejaran en paz. Toda la parentela insistía, podrás salir del barrio, Vicent, tendrás un mañana, Vicent, el bar ya no renta, Vicent. Aprovecha, Vicent, puedes ir a la universidad. Le volvió, entre sollozos, el lamento habitual por la muerte de su tía, veinte años atrás. Lo había llevado de niño al campo del Español. De golpe abrieron la persiana metálica de la cafetería. El ruido le voló la cabeza como si se la pisara a la salida de un córner en el último minuto, el central más veterano de la Ponferradina.

—¿Otra vez Moré?

—Oh la lá, mesié Vanplís. Penalti y expulsión.

—Anda, siéntate ahí en lo que se calienta la cafetera.

Dos cafés solos, un botellín de agua y tres cuartos de hora después, el local está concurrido. Los cerebros empiezan a espabilar, de la cocina salen olores, ha ganado el Barça. Moré pide un carajillo. Le sirven un pincho, zumo de naranja y gelocatil. La tortilla está en su punto de sal, de temperatura, de consistencia, el pan cruje, el zumo es natural. Juan, camarero desde los quince, vecino de su hermana, fresco, con la camisa blanca reluciente, recoge tazas y limpia la barra.

—Aunque me alegro de verte, malo, a estas horas sólo vienes cuando estás jodido. ¿Qué pasa?

Tarda en contestar. Tose, se acomoda para respirar. Se rasca la cabeza. Bebe agua. Resopla.

—Nada. Anoche quería subir a Vallvidrera y me lie antes de llegar.

—¿Qué se te ha perdido en Vallvidrera?

—Un escritor y un detective. Vivían allí. Uno ha muerto y el otro no aparece. De nota la tortilla, Juanito. ¿Has visto a Dolors?

—Sí. Va mejor, ya se incorpora. Si vas a ir hoy compra El Jueves, ayer se me olvidó.

—Pasaré esta tarde, me voy a dormir.

  Deja un puñado de monedas encima de la barra sin esperar la vuelta. De espaldas levanta una mano a modo de despedida. Camina hasta la salida como si le esperara a la puerta el caballo. Puede que interprete una de vaqueros, pero Juan, al verlo alejarse con un equilibrio dudoso ve otra película; Cazafantasmas. Moré es un optimista, ahora está espabilado. La resaca está en retirada, hace un día soleado, su hermana se recupera bien, los árboles de la calle están exuberantes y no hay sioux en las ventanas.

  Tonia había escuchado a Carmen Balcells hablar de Montalbán. No llegó a conocerlo. Está leyendo sus poemas, “memoria y deseo”. El escritor decía de sí mismo que era sobre todo poeta. Algunos versos están subrayados, hay páginas marcadas, anotaciones. Lee poemas enteros en alto para medir la respiración. En su cabeza les pone música, el piano ciego de Tete Montoliú. Encuentra un ritmo de barrio, de acuarela, olores de vanguardia. Descubre palabras, esquinas y carteles, mares sentimentales, hundimientos de invierno. Trabajo de búsqueda, hallazgos, trabajo de asombros y ruinas. Se va metiendo en la propuesta dejándose llevar. Hace café y rumia imágenes que la conectan con el presente.

  Por orden de la jefa, al servicio de Moré se dedica en exclusiva a Pepe Carvalho. ¿Quién es Carvalho? Lo dice él: “Soy un personaje literario. Mejor dicho, subliterario, porque protagonizo novelas más o menos policíacas. Digo más o menos policíacas porque así las califica el autor, al que en el fondo no le gusta que le consideren un novelista policíaco. Más… o menos policíaco”. Carvalho de madrugada quema libros en la chimenea y rellena patitos de toda confianza para compartirlos con Fuster, su vecino y gestor. “Bebe para recordar y come para olvidar”. Carvalho no es un poeta. Moré tampoco.

   La hermana convaleciente de Moré, Dolors, está feliz, fuera de peligro. Libró por los pelos. Ya se levanta sola de la cama con paciencia, esfuerzo y muletas. Lleva ocho meses de congoja, quimioterapia, radioterapia, operaciones, pastillas, fisioterapia, manchas en el techo, codeína, noches en blanco, pérdida del pelo y dieta blanda. Moré para ella es Vicent. Viene de visita todas las semanas. Hoy trae horchata de Figueres, “El Jueves” y la paga de Vania, la cuidadora guatemalteca.

   Dolors cuido niños en los barrios más exclusivos del Londres punki y tatcheriano, vanguardia y retaguardia de la cámara de los lores. Fue “alien” en fábricas holandesas de estricta ética protestante. Atendió ancianos en Pedralbes cuando el pujolismo aspiraba a ser eterno y ella a todo lo contrario.  Conoce bien la vida diaria de emigrantes y mestizajes. En los países de las mujeres cuidadoras un candidato a presidente repite en campaña electoral una frase que explica la emigración. En su boca es una amenaza: “La peor comida es la poquita”.   

Vicent Moré conoce las debilidades de su melliza. Le trae un secreto que está deseando contar. Trabajar para la agencia Balcells, aunque sus responsabilidades sean menores, le supuso mil puntos de interés ante su hermana. Desde su niñez de lectora encamada por enfermedades ficticias admira autoras y autores de los libros que han acompañado              su vida. Cuando Vicent tuvo la oportunidad de conocer a algunas de esas figuras se emocionó. 

   Moré inventa encuentros con escritores famosos a los que rara vez vio. Una cena con García Márquez, un paseo por el Gòtic con Carmen Laforet, una anécdota graciosísima con Ana María Matute. Su despacho ni siquiera está en el mismo edificio y a él solo lo llaman cuando los principales administradores de derechos de autor están ocupados. Su hermana sabe que miente, él sabe que su hermana sabe que miente. Es un juego. No entiende por qué lo han elegido para buscar a Carvalho. Conoce a Salmorejo, será por eso. En los años noventa el comisario, retirado del servicio, montó una pequeña editorial con sede en Uruguay y le ofreció ser abogado de la marca. Le hablaron de una operación policial encubierta en la que todo era legal y acabó firmando contratos. Testaferro. Iban a pagarle cincuenta mil euros de fondos reservados sin moverse de Barcelona. No vio un euro, ni había vuelto a ver al comisario desde que en una cena le agradecieron los servicios prestados y se lamentaron por la falta de liquidez. El dinero acababa en una cuenta en Panamá. Como esa había decenas de empresas, cuentas, soleadas o sombreadas, y países.

   Su hermana conoce hasta el más pequeño detalle de las vidas publicadas de Salvo Montalbano y Kostas Jaritos. Quiere pormenores sobre Camilleri y Márkaris. Moré se explaya al contar a Dolors su actuación en el restaurante de la Barceloneta, hace pausas dramáticas, estira el suspense. Diserta dándose importancia, sobre los entresijos del asunto Carvalho. Se le salió la horchata por la nariz cuando Dolors dijo:

—Verás cuando le cuente a Doña Rosario que estás buscando a su Pepiño.

   En una etapa hasta hoy desconocida por Moré, Dolors cuidó al ancianísimo padre de Joaquim Rigalt i Mataplana, un notario tan cercano a Pujol como para susurrarle estrategias al oído. Joaquim Rigalt i Mataplana, Quimet, fue cliente habitual de Charo desde sus tiempos de puta telefónica hasta que la hizo socia del hotelito en Andorra (te conviene, dijo Carvalho) y pudo dejar el oficio. Se convirtió en Doña Rosario al jubilarse, cerrar la boutique del puerto e instalarse en el Eixample. Fue la única persona que se dirigió a Dolors en el entierro del patriarca. Se preocupó por su situación al perder el trabajo.

—¿Qué vas a hacer ahora hija? ¿Cómo te quedas?

—Bien, no se preocupe, gracias. Me han ofrecido vender libros por las casas.

—Ven a verme. Tengo una estantería con chinerías y escayolas que podemos rellenar con novelas.

—¿Es lectora?

—No, es venganza.

  Muchos meses repasaron juntas la revista para elegir los títulos. Dolors hizo al principio recomendaciones de amor. Doña Rosario se reía. Me cago en el amor, Dolors. Otras veces lloraba. Acabó hablando de Pepiño, de su manía de quemar libros, de cuando fueron juntos a París. Era el hombre de su vida. Ella le convenció de que hiciera el cursillo de espionaje que organizó Quimet.

 Al dejar atrás el piso familiar y pisar el primer bar, Moré pide un Torres quince, prende un Chiston y se deja caer por el tobogán. Siempre viene a este local cuando tiene un bloqueo epistemológico. Al tercer coñac oye al fin la voz amable de alguien a su lado con quien parece ser que conversa. La camarera ecuatoriana embarazada, licenciada en historia y filosofía, responde a sus preguntas con amabilidad. Le explica mientras barre antes de cerrar con el uniforme de la franquicia, las violencias detrás de cualquier configuración de la modernidad capitalista. Ante ellas se puede manejar, desde una estrategia para alejar el horizonte de escasez, un ethos realista, clásico, romántico o barroco. Otro día se los desarrolla. Da por terminada su exposición, lo invita a pagar y marcharse a casa. Buenas noches, señor.

   Moré tiene diagnóstico, medicación, episodios en los que pierde el control. Le gritan desde lugares en los que no hay nadie. En esos momentos lo ve todo como una inmensa red neuronal, un universo interconectado en el que cada movimiento, sonido o corriente de aire, se dirige a él con mala intención. Al callar las alucinaciones no encuentra el sitio, lo ve todo desde fuera, flota en un mecanismo de precisión fluido del que no forma parte. Entonces vuelven las voces. Sigue la luz, traspasa el umbral y pide otra copa.

  Moré sale pedo del penúltimo bar dando vivas a gritos, con gratitud incondicional a              las médicas y enfermeras del hospital público universitario. Unas décadas atrás la enfermedad de su hermana habría sido una sentencia de muerte.

   Volver a ver a Salmorejo no ha sido agradable. Un fantasma del pasado con acceso a información restringida, las comisarías abiertas y fondos reservados, es peligroso. Antes de viajar a la capital para ver a Antonio Carpintero y a Juan Madrid, necesita saber en qué anda metido el policía más turbio que ha conocido. Quiere hablar con el Rubio. El Rubio, rumboso y sarandunguero, el rey del barrio y del Achilipú, tiene oídos en los rincones más insospechados. Le puede echar un cable.

  Luis “El Rubio” sigue viviendo en Can Baró y alterna en los mismos bares, los que aguantan, desde hace casi cuarenta años. Tiene la partida en el Bar Delicias, su oficina a partir de las cinco, hora de la botifarra. Al ver entrar a Moré, el Rubio se levanta y lo abraza fuerte. Se criaron juntos en la calle y en la escuela. Al terminar Moré la puta mili el Rubio esperaba a la puerta del cuartel en un Seat Panda de segunda mano. Lo financiaron con dinero de la farmacia militar, en la que ponía el cazo todo el escalafón, del cabo al generalísimo. Se fueron a Lisboa, “la ciudad de los espías y los héroes”. La Alfama y Mouraira, los barrios más antiguos de una ciudad anterior a Roma fueron testigos de su particular serenata en Portugal. Era la primera vez que salían de Cataluña y para ellos aquel viaje de una semana fue lo más parecido a dar la vuelta al mundo. Al volver, llegando a Cornellá, por la raja de una falda les dio un piñazo un Ford Escort.

   Los empleados de Salmorejo en la colaboración público privada, Stewart y Litle Nicholas, vigilan a Moré. En el parador de Gredos comisarios de pata negra y agentes de inteligencia dudosa escuchan la conversación grabada en el restaurante. Se pasan informes cuatro días después de que el gobierno publicara la reforma del estatuto catalán. A la semana siguiente la oposición recurrió al tribunal constitucional. Los cecilios, nombre en clave de coñac de los agentes del CNI, y algunos mandos policiales compiten por la información. Salmorejo explora las posibilidades de negocios, los porcentajes pactados, las privatizaciones. Habla con el Bambi en un bar del aeropuerto.                                                                                                                                                                                                                        —Los socialistas nos están tocando los cojones, tronco. Habrá que hacer cosas chungas, lo que haga falta, el concepto de legalidad es muy etéreo. 

 

 

 

 


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