Caldo de Carvalho XVIII Verano y humo

 

   El comisario jefe de la policía de Gijón, Alejandro M. Gallo, maragato, es licenciado en filosofía, ciencias políticas y ciencias de la información. Oficial del ejército, escritor, creador de Trinidad Ramalho y medalla al mérito policial. Cada verano desde que se desarrolló la iniciativa de Paco Ignacio Taibo II en 1987, se celebra en la ciudad bajo su jurisdicción un festival de asesinatos, extorsiones, secuestros y redadas: La Semana Negra. Los escritores herederos de Dashiell Hammet, Raymond Chandler, Patricia Highsmith, Chester Himes o Simenon, se juntan al borde del Cantábrico a comer sin discernimiento, presentar libros e intercambiar nuevas técnicas para investigaciones imaginarias. Paco Ignacio Taibo II nació en Gijón y llegó a México con diez años. Sus pinches compañeros de escuela le decían que hablaba como Marisol. Este año cumple cincuenta el primer libro de Carvalho. Hace veinte que Montalbán dejó de escribir. Los organizadores han invitado a decenas de escritoras y escritores, periodistas, músicos, pintores, fotógrafos, cineastas, cocineros, feriantes, artesanos y autoridades. Se venderán los cachopos por metros cuadrados, la sidra por barriles, les fabes a calderaes, habrá libros a euro, noria gigante junto al Cantábrico, tren de la bruja y tren negro para ir a Mieres. Juego, arte y fiesta una semana entera. Una mímesis de la revolución.

  Salmorejo a sus setenta y cinco años, ha pasado tres en prisión preventiva sin fianza. Está en la calle. Tiene pendientes unas cuantas macrocausas. La fiscalía pide condenas que suman siglos. Pretende recuperar su archivo, defenderse haciendo lo que sabe hacer. Él lo llama negociar, para los jueces tiene otro nombre. Le han quitado el pasaporte y debe presentarse en el juzgado todos los meses. Lo vigilan. La mayoría de los comisarios salvajes están jubilados, condenados, presos o muertos. El ministro que les daba cobertura y los subordinados que sujetaban el paraguas esperan también sus condenas. Le quedan algunos incondicionales a la espera de volver a los buenos viejos tiempos de la barra libre. El excomisario ha pregonado su enfrentamiento con el director del Centro Nacional de Inteligencia. Envía mensajes en titulares de periódicos, amenaza. Habla de órdagos en un lenguaje de otro tiempo, ya casi nadie juega al mus. Necesita a cualquier precio recuperar su arma favorita, las grabaciones, los documentos. Por eso ha instalado el cuartel general en el Hotel La Reconquista de Oviedo, días antes de la inauguración de la Semana Negra. Se aloja con otros tres excomisarios dispuestos a todo por la pasta. Les ha prometido una fortuna si cazan al hijoputa del Carvalho. Lo culpa, sin pruebas, de todos sus males. A Stewart y Litle Nicholas les ha buscado un hostal en Lugones y recomendado el menú del día en La Panoya. Tienen la función subalterna de grabar los actos públicos de la semana. Acaban de enterarse de que se transmiten en directo y pueden ver todo desde la habitación del hostal, bebiendo cervecitas. Más complicado será grabar todas las comunicaciones posibles de la lista de asistentes bajo vigilancia: Ramalho Da Costa, Petra Delicado, Antonio Carpintero, Kostas Jaritos, Salvo Montalbano, Conde, Belascoarán y el zurdo Mendieta. El inspector Méndez, a punto de cumplir más años que Kissinger, se ha disculpado alegando alergia a los congresos. Los comisarios han introducido informantes con orden de vigilar a los escritores invitados: Maruja Torres, Juan Madrid, Alicia Giménez Bartlett, Carlos Zanón, Andreu Martín, Leonardo Padura y Elmer Mendoza. Para Tonia Calógero y Simón Mendiño han elegido a lo mejorcito de la hornada recién salida de la academia. Provocadores mezclados con el público tienen la misión de entorpecer los actos. Harán preguntas farragosas en las charlas para evitar que hable el ponente, sabotearán los equipos de sonido y montarán peleas.

  Alejandro M. Gallo controla Gijón desde la moderna sala de pantallas en el centro de                la Policía Local. Asume la excepcionalidad de la ocasión, ha sido informado de movimientos sospechosos alrededor del festival. El homenajeado, Pepe Carvalho, lleva desaparecido veinte años. Se considera su asistencia un suceso de alto impacto y bajísima probabilidad, un cisne negro. Hay en todo el recinto grandes fotografías de Manuel Vázquez Montalbán, de las portadas de las novelas carvalhianas. Todo está preparado para que la alcaldesa inaugure la nueva edición de La Semana Negra.

  Carvalho se burlaba de los encuentros de escritores en los que disertaban sobre novela negra. Hoy empieza su semana y él es el tema central. La ciudad está llena. Duluc ha pedido una tabla de quesos en la plaza mayor y se tiene que callar: Gamoneu del puerto, La Peral, Cabrales, de Pría picante, Casín y de Urbiés. Ni el mismísimo De Gaulle pondría un pero. En el bar de enfrente el Mudo fartuco rebaña el plato de chorizo a la sidra sin quitarle el ojo de encima. Alejandro Gallo desde la sala de control lo ve todo. Hasta la propina generosa que deja Elmer Mendoza en la terraza de La Galana por el Pixin con ajo y limón. Los que han optado por la fabada en julio a treinta grados, andan más despacio, pasean por la playa de San Lorenzo pidiendo siesta. Gallo no se altera cuando entran en la sala Bevilacqua y Chamorro, el delegado del gobierno le había avisado de la petición de la unidad central operativa de la guardia civil. Se saludan amistosos, han coincidido antes.

—¿Habéis comido?

Contesta Rubén Bevilacqua a la vez que la sargento Chamorro niega con la cabeza.

—No, acabamos de llegar. Recomiéndanos un sitio cerca.

—El bar de abajo. Hoy tienen en el menú pitu caleya.

Virginia Chamorro pone cara de extrañeza. Necesita traducción.

—Pollo criao suelto sin pienso. Hay que cocerlo mucho porque es correoso, pero está cojonudo con unas patatinas.

Bevilacqua asiente. Le apetece probarlo. La sargento no manifiesta ninguna intención.

—¿Está todo tranquilo?

—De momento sí. Ya veremos cuando abran el ferial.

—De acuerdo, estaremos abajo. Si aparece Salmorejo nos avisas.

—Por lo que sé sigue en Oviedo. El Mudo está en la plaza mayor. Id tranquilos.

Con el brazo metido hasta el codo en el plato de callos, en un chigre de Roces al sur de Gijón, donde nació Alfonso Camín, Simón Mendiño se interroga:

               “Si soy el roble con el viento en guerra,

                ¿Cómo viví con la raíz ausente?

                ¿Cómo se puede florecer sin tierra?”

El chigrero se da por enterado e interviene brusco en las cavilaciones del gallego.

—Pues con el hidropónicu, manín. Sin tierra ye la única manera. ¿Quiés más pan?

—Son versos de un poeta de este barrio. Es una metáfora. Sí, por favor, un poco de pan. Y otro vino.

—Sí ho, Camín. Préstame pola vida. Soy de Arenas.

                    “Arriba, siempre hacia arriba,

                     como el naranjo de Bulnes:

                     abajo pasan los osos

                     y arriba pasan las nubes”

   Entra a contraluz un tuerto parcheado. El ojo único recorre el local. Los paisanos de las mesas miran al desconocido. Mendiño no se entera, explica a la concurrencia la fundación del barrio en el siglo XVI, a partir de la torre de los Valdés y los Bandujo, con el chusco de pan untado en la mano.

—Gallego pendejo. ¿No puede callarse ni comiendo?

—¡Don Héctor Belascoarán! ¡Venga un abrazo! ¡Descorche una cocacola, señor chigrero, la mejor que tenga!

  El mexicano se acerca a la barra pisando cáscaras de cacahuates. Soporta el abrazo exagerado de Mendiño y queda hipnotizado frente al expositor. Una bola deforme de carne seca y penetrante olor ahumado, atrae todo su interés. Señala con el dedo. Lo iluminan: Chosco de Tineo.

—¿Cómo le va Mendiño? ¿Encontraron a Carvalho?

—Esta vez no se escapa. Vendrá, ya lo creo que vendrá. No se perdería esto por nada del mundo. A su edad no tiene nada que perder.

Belascoarán señala el chosco.

—¿Tiene lengua?

Tercia un paisano agarrao a un porrón.

—Ye gochu. Tién llengua y cabeceru de llombu.

La pareja sale a fumar con la tripa llena. Su charla, de título digestivo, empieza a las cinco: Carvalho y los embutidos. Mendiño insiste.

—Vendrá. No se lo puede perder.

  El sol está cariñoso. El gallego y el chilango caminan hasta llegar al seat León de Mendiño. Tiene una multa en el parabrisas, echa pestes. La recoge interesado en la cantidad. No, no es una multa. Es una nota escrita a mano.

 “Se cuece el chosco a fuego bajo sin tocarlo para que no se rompa, durante una hora o más, dependiendo del tamaño. Las patatas se cuecen aparte con un manojo de berzas picadas finas, un chorro de aceite y sal al gusto. En el centro se colocan las patatas y la berza. Se sirve el chosco cortado en rodajas, se espolvorea todo con pimentón dulce y añadimos un buen chorro de aceite de oliva. Que aproveche”.

  El chigre está más allá de los límites de la ciudad, más allá de las cámaras de la policía municipal. Alejandro Gallo y los suyos no han visto nada. Ahora sí están seguros, Belascoarán y Mendiño, de que Carvalho estará en el público.

  Vigilado o no, Salmorejo ha llegado de los primeros. Es perfectamente consciente de que lo vigilan. La última cabronada de Carvalho en 2017 había llevado a Córcega a los comisarios detrás del huído presidente de la Cortísima República Catalana. El 31 de octubre los comisarios entraron a detenerlo en la habitación 121 del hotel Cala Di Sole de Ajaccio. Un tipo con el pelo a lo beatle y gafas miraba la televisión desde la cama acompañado de una ciudadana japonesa. En ese momento Puigdemont i Casamajó, el fugitivo, estaba dando una conferencia de prensa en directo desde Bruselas. Los policías patriotas se habían tragado una información de la dirección general de seguridad exterior francesa, la DGSE. Tres días después Salmorejo entró en la prisión de Estremera. Los gendarmes franceses se disculparon con sus colegas españoles, no habían contrastado el soplo de un informante corso, Bouvard. Otra vez Bouvard. Puto Carvalho. El Mudo se acercó al comisario. La violinista acaba de llegar con la Torres.

—Pégate a su culo.

Los comisarios tienen una descripción de Carvalho, un retrato robot, huellas dactilares. Lifante lo detuvo, Contreras lo interrogó.

  Antonio Carpintero está hasta los cojones de la semana negra antes de empezar. Diez años atrás hizo un informe para Carmen Balcells. No soporta más charlas literarias de esos jodidos vanidosos. Que le den a Carvalho, a Hamlet, a Don Quijote y a Madame Bovary. A Juan Madrid le ha hecho una entrevista un pintor. Toni va a cumplir setenta años y no tiene ganas de templar gaitas. De esta se jubila, ya está bien. A Málaga. Con el pico que tiene ahorrado le da para un pasar. Está todo lleno de policías, los huele. A algunos hasta los conoce. Tener ética profesional es una jodienda, podría repetir el informe de hace diez años, se iba a ahorrar mucha tontería. En fin, al primero que me suelte una perífrasis le calzo una hostia.

   En el café Dindurra, al lado del teatro Jovellanos, están a cervecitas Carlos Zanón y Andreu Martín. Los dos han utilizado en sus novelas a Carvalho o a Orvalho, a Biscuter o a Cuatro Latas. Zanón lleva la risa puesta, probablemente con algún aditivo, un rescoldo de sus tiempos rockeros. Es de otra generación, no llegó a la Piquer, ni a Antonio Machín. En su crónica sentimental las canciones para después de una dictadura suenan más a Siniestro Total o a Brighton 64.

                         Escalón a escalón va rodando

                         una botella vacía de cerveza.

                         Verde, alemana, rodando, sí.

  Zanón no ha vuelto a saber de Biscuter y Carvalho. Ha recibido mensajes de Duluc. Uno escrito en la pared de un váter, en la última gasolinera de la autopista. El lugar, la fecha y la hora de contacto con el helicóptero. Faltan cuarenta y cinco minutos. Si todo va bien conocerá en persona a Bouvard y Pecuchet, a Pepe y a Pep, a Carvalho y a Biscuter.                   La intermediación de Duluc le agobia, el francés es un liante y sus instrucciones son absurdas. Andreu Martín con las gafas en la punta de la nariz, pasea la mirada por el histórico café tomando apuntes del natural y un cortado. Todo menos natural le pareció oír canturrear al camarero “A las barricadas”. Se fijó. Lo había visto antes. Se dirigió a él.

—Perdone... ¿Nos conocemos?

—No, señor Martín. Mire la palma de mi mano. Cuando la cierre olvidará este encuentro. Nada habrá ocurrido.

—¡Dani Barcelona!¡El encantador del Paralelo! ¿Qué haces aquí?

—Dejé el arte y el ilusionismo, me he pasado a la restauración. Ahora hago cócteles. Acabo de servirle uno al Pepe Carvalho.

—No jodas.

—Vodka con helado de limón y cava. Y al Biscuter un orujo de hierbas con gotas de café y regaliz de palo. Acaban de salir por la puerta.

—...Lo normal.

—Normal tampoco. Es la primera vez que vienen. ¿Quiere algo? El señor Duluc insistió en que no les faltara de nada.

—¿Estás oyendo Carlitos?

   Carlos Zanón oía y bebía distraído. Asintió, miró al móvil y se levantó. El helicóptero espera en el puerto del Musel, tiene un taxi en la puerta. Se despide de Andreu y atraviesa un Gijón apacible y prestoso. El azafato a pie del aparato sostiene una bandeja con oricios y champán. Duluc da el parte, el tiempo es agradable, no hay viento. Desde la sala central de la policía observan las operaciones. Una empresa de turismo es la propietaria del vehículo. Las cámaras registran la entrada en el recinto portuario de Carlos Zanón, la recepción de Duluc, el brindis previo al abordaje y el despegue remolón con destino sureste. Duluc eleva la voz sobre el ruido del motor.

—Nos dirigimos al parque naturelle de Las Ubiñas. En veinte minutos arribaremos a la base secreta de Catering Plegamans SA, la empresa de eventos gastronómicos líder en el mercado mundial. Importamos productos de la mejor calité y hacemos la mejor sopa du monde.

—Qué emocionante.

—No es una sopa cualquiera cher amí. Con una cucharada generosa de notre consomé...lo verá usted mismo.

  Carlos Zanón observa el impresionante paisaje mientras el aparato se posa. Rodeados de azul, verde y gris, descienden, ponen los pies en tierra y una tufarada alarma a Zanón. A dos mil quinientos metros de altura, entre hayas, fresnos y tejos, no debería oler a ajo. El helicóptero desaparece de vuelta y reina el silencio hasta que lo rompe Duluc, frente a una bocamina abandonada. Tres mastines en posición, con el pelo del lomo erizado, vigilan los movimientos.

—Pasa por favor. Par icí.

Al dar el primer paso en el interior se ilumina una galería estrecha que conduce a una puerta metálica. Un ascensor. Duluc enciende un liado y el olor del hachís se mezcla con el ajo. El descenso dura casi un minuto. Zanón se queja.

—Me estoy mareando. Tengo los oídos taponados. Aquí hace frío. Me meo.

  Al salir del montacargas hay cajas amontonadas a los lados de un pasillo. Carcasas de pollo, bacalao seco, verduras, caracoles, frutas, longanizas y costillares. Media docena de mujeres y hombres se afanan en colocar y seleccionar. La cavidad se ensancha desmesuradamente al cruzar la portilla y una potente luz artificial ciega al escritor.

—Joder, qué escenografía. ¿Hacen la sopa con uranio enriquecido? ¿El servicio?

—Silence. Los ingredientes son secretos. No debe robar el conocimiento a los dioses. Miré aquí. En esta sección resucitamos bacalaos. El bacalao es la clave de todo. Un bacalao seco perfectamente simetrique es…

—Cállese Duluc. Carlos no ha venido para conocer los misterios de los peces migratorios.

 Es ella. Sentada en un sillón flotante, iluminada por una luz cenital, ríe Maruja Torres. A su lado Paco Taibo fuma, tose y se atusa el bigote.

—Ha llegado el momento. Cuando aceptaste escribir la novela de Carvalho se produjo una alteración en la fuerza.

  Bajo los pies de Carlos Zanón se abrió una trampilla. Aterrizó con una elegante costalada en una pequeña cámara oscura de tres metros de alto. A su lado bostezaba un león famélico.

—No te preocupes todavía, querido. El Rey acaba de comer una ensalada. ¿Te gustan los documentales?

—Maruja...me he hecho daño, joder. Creo que me he roto algo.

—Paco te dará los ingredientes. Tienes quince minutos para hacer un bacalao al ajo arriero. Esmérate. Si fracasas serás liofilizado, envasado al vacío y almacenado en el Arcón. Si superas la prueba formarás parte de la fraternidad universal patrocinada por SP, Sopas Plegamans.

 La sonrisita de Paco Taibo y sus ojos de carbón auguraban un juicio severo. Hizo descender una cuerda con un hatillo envuelto en un pañuelo de fer farcells. El león se acercó a olfatear.

—Si quemas el ajo el Rey se enfadará. Si quemas el pimentón...Te quedan catorce minutos.

—Pero es que me estoy...meando.

—Utiliza la arena del Rey.

  En una esquina del habitáculo un hornillo de gas, una sartén, una espumadera, una tabla, un cuchillo, dos platos, cuchara y tenedor. El Rey mira alternativamente al presunto cocinero y a las herramientas de trabajo sacudiendo moscas con el rabo. Zanón desata el paquete y saca un botellín de aceite de oliva de Jaén. Enciende el fuego con cierta parsimonia y lo vierte en la sartén. Machaca cuatro dientes de ajo con un golpe de mano certero, los pela, los corta y los echa en el aceite caliente. Espera a que se doren removiendo con la espumadera. Cuando ve los trocitos amarillear prepara media cucharada de pimentón. Elige el momento preciso atendiendo a la tonalidad del ajo, vuelca el pimentón, lo extiende rápidamente por la sartén y añade un chorro de vinagre. Coloca las piezas de lomo de bacalao sobre el sofrito, con la piel hacia arriba, y baja el fuego al mínimo. Menea ligeramente la sartén para que no se pegue el bacalao y a los dos minutos da la vuelta a las piezas. Listo. El león se acerca. Taibo pregunta.

—¿Guarnición?

—Patatas fritas.

—Un derroche de imaginación. La elaboración ha sido algo tosca. Deja un plato sobre esa bandeja, vamos a probarlo. El otro sírveselo al Rey, él juzgará.

  El rey se relame antes de probar pasándose la lengua por la cara. Acerca el hocico, sopla. Maruja y Taibo deliberan con una pinchadita y un pedazo de pan. El mexicano enseña un pulgar hacia abajo, ha olvidado la sal. Maruja empata, no está soso. El rey mastica despacio, se sienta y eructa. Duluc arroja una escalera de cuerda.

 


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