Caldo de Carvalho (XVII) Venden sentido común
Kostas Jaritos, comisario del orden, del
desorden, o de lo que toque, sale de casa con un humor mejorable después de
discutir con Adrianí lo que ha dicho la televisión sobre su último caso. La
bolsa en Atenas se ha desplomado, el tráfico está peor que nunca, es invierno.
La prensa afín al club de fútbol Panathinaikos denuncia la venta fraudulenta de
un jugador del AEK, el equipo rival, al F.C Barcelona. Un reportero del
Athlitiki Icho ha escrito: “Nada tendría de particular el fichaje de Georgios
Habilidosiou por el equipo catalán si la astronómica cantidad pagada por el
delantero centro juvenil no estuviera avalada por una entidad financiera
panameña investigada en catorce países”. Georgios, un muchacho de quince años,
es el primer sorprendido después de marcar un gol en cuarenta partidos. Era
reserva en el equipo de su pueblo, en Anatolia central. Todo quedaría en un lio
entre los dos equipos de la capital si no hubiera llamado un ministro al
general de brigada Guikas. El intermediario, Mr Cooplan, un estadounidense con
residencia en Amsterdam, ya ha cobrado un diez por ciento del traspaso.
Intervienen bancos de Londres, Las Bahamas, Guam, Gibraltar, Andorra,
Luxemburgo, Hong Kong, Macao y Delaware. El AEK ha anunciado su intención de
gastar el dinero recibido del Barcelona en reforzar el equipo con un jugador
del Real Madrid. Tres detalles no cuadran, el jugador tiene cuarenta años, está
recién operado de la rodilla y su representante es el mismo, Cooplan. El Real
Madrid pretende pagar con ese dinero la cláusula de rescisión que el Barcelona
ha estipulado en el contrato de Georgios Habilidosiou. Nadie entiende nada. El
comisario Kostas Jaritos tampoco. Un dinero sale de Barcelona y vuelve a
Barcelona. Por el camino desaparecen millones de euros. Por un momento Jaritos piensa
en hablar con Petros Márkaris. Además de escritor de policiales es economista. Petros
Márkaris prefiere que Jaritos lo descarte y siga leyendo periódicos deportivos.
Georgios Habilidosiou declara que nunca había soñado con jugar en el Barcelona,
ni muchísimo menos en el Madrid. Quería ser médico. El ojeador del Barça que
contactó a su representante, Cooplan, se inscribió en el hotel Titania con un
DNI a nombre de Bouvard Larios. Salió de Atenas en un vuelo rumbo a México.
Kostas Jaritos, consta en los ordenadores del gobierno, pidió en su momento
información sobre alguien llamado Bouvard. Éste individuo, en compañía de otro,
Pecuchet, cometió varios delitos en Grecia en 2002.
—Pepe
Carvalho. Bouvard es la identidad falsa que utilizó al cruzar el país.
En el
expediente Carvalho, que Jaritos estudió en su día, figura la prolongada
estancia en Amsterdam del entonces agente activo de la CIA.
Tonia
está de gira, hoy toca Jaén. La música, el lenguaje más internacional, no
necesita traducción. Tonia montada en el violín no ha parado de viajar. Es
caprichoso el azar. Al volver de México pasó unos meses malos, traducciones al
peso mal pagadas, la idea desasosegante de preparar una oposición, ensayos desagradables
con músicos soberbios. Uixi Amargós, la violinista titular en la banda de Joan
Manuel Serrat, la llamó un día, necesitaba una sustituta para ocasiones
especiales. Tonia conocía el repertorio. Par coeur, diría Duluc. De memoria, de
corazón. Hizo una prueba, el pianista se arrancó con el “Romance de Curro el
Palmo” y Tonia la bordó. Al terminar se le saltaban las lágrimas. Serrat
susurró pot valer con sonrisa de marinero y brillo de resina en los ojos. La
incorporaron de segunda violinista. Gracias a la vida, to life. A la Nuri le
encanta Serrat y llora en los conciertos a los que va invitada con la elegía a
Ramón Sijé de Miguel Hernández. Tonia le contagió el vicio de la poesía y la
convenció para que se matriculara en la universidad a distancia. El día que
Osorio llegó con los papeles y pudo salir a la calle, la Nuri también lloró. Lo
primero que hicieron fue recorrer el parque. Los críos daban voces, la gente
mayor parlamentaba sentada en los bancos, transeúntes de paseo recogían las cacas
de sus perros. La Nuri estuvo feliz, un minutito, un instante. Oyeron de lejos,
otra vez, cantar al Faliyo. Se levantó el levante y volaron un par de bolsas de
plástico.
Esa
noche Malik compró el mejor faláfel de Badalona y cenaron en los columpios de
la playa. Contento por su prima, más callado que de costumbre, había dejado el
sindicato. Dio una sola explicación, la fiesta era de la Nuri. La viuda del
Bambi ha ascendido, ahora es directora de la multinacional y pareja del nuevo
secretario general, el que sucedió a su marido muerto. Más que amor, frenesí. Malik
rapeo con rabia sincopada unos pocos versos. Se le pasó el desencanto, volvió a
su natural de calma paciente y llevó con la moto a la Nuri a recorrer la Barcelona
de las luces, los arquitectos y los restaurantes, en una noche de abril.
Un Salmorejo
expansivo y cordial expone a los reunidos los pasos a seguir. Coches oscuros de
alta gama en el aparcamiento. Canapés, jamón, lechazo y ribera del Duero. Hay
que anular al mierda seca del Carvalho, trabaja para los catalinos y tiene
material inflamable. Asisten un senador, un subsecretario, un juez de la
audiencia nacional. Programan la recluta de aliados. Por arriba necesitarán más
jueces, empresarios, fiscales, militares. Por abajo periodistas, policías,
soplones, y matones.
Nota de inteligencia: elaborar un listado
completo de figuras públicas, fundaciones, asociaciones y empresas relacionadas
con los nacionalistas para vigilancia o infiltración. El círculo de Pujol,
Esquerra Republicana, extrema izquierda y sindicatos son objetivos
prioritarios. Se deben contrarrestar los medios de comunicación públicos
catalanes. El Fútbol Club Barcelona tiene un alto valor simbólico, desgastarlo
tendría un efecto desmovilizador. Es necesaria una provisión de fondos.
Se lo juro Mémdez, ha sido él niño el que me
ha dicho, madre, dígale al comisario...qué más dará, no se ponga así, que se le
van a salir las tripas, bueno eso, dígale al inspector que la novia del hijo de
Pujol le estuvo contando a una política famosa que llevaban a Andorra mochilas
llenas de billetes de quinientos.
Por
mayo, como en el resto del año, los pájaros de Barcelona trinaban, cagaban las
palomas, las gaviotas robaban a los turistas y divinas ratitas surcaban las
aguas subterráneas. La Nuri acababa de limpiar el portal de los jueves en el
centro y no entendía el jaleo en la plaza de Cataluña. Preguntó al vendedor de
cupones. No sé, dijo, no sé, una manifestación. Había mucha policía, pancartas
y tiendas de campaña. El metro la llevó a San Roque en media hora, hacía calor.
Mientras preparaba la cena, pasta con atún, la televisión hablaba de protestas
e indignados. Todos los políticos son iguales, gritaban los acampados, que se
vayan todos. A la Nuri no le parecían todos iguales. Por noviembre hubo
elecciones que ganó la derecha. Los pájaros de Barcelona no dijeron ni pio y la
Nuri vio festejar a los que decían que había venido a quitarles el trabajo.
Como se lo cuento Méndez, el ministro del
interior nuevo, el Fernández ese, el del opus, almorzó ayer en el restorán con
el jefazo de la policía y un montón de comisarios. Está Barcelona con eso de la
reunión de no sé qué banco europeo que no se puede ni andar. Méndez está al
tanto. Hay manifestaciones, arden contenedores. Los comisarios más amargados
están de los nervios. Petra Delicado se ha vuelto a divorciar. Conociéndola no
le extraña. Tampoco le extrañaría que se volviera a casar. Méndez la visita en
su casa del Poble Nou. La policía judicial ha entrado en la sede de Norma
cuatro y se han llevado todas las grabaciones de la Camarga.
El
Lechuga entró en el portal de madrugada. Una voz le dio las buenas noches a
oscuras. Lo reconoció cuando su cara se iluminó al encender el mechero y el
puro. Méndez, claro.
—Hola, chaval.
Josito,
el Lechuga, no supo qué contestar. Encendió un medio porro que llevaba en el
bolsillo. Echo el humo por la nariz y se limitó a esperar. Intercambiaron humos
unos segundos y Méndez disparó.
—¿Quién pagó
la boda de tu hermano?
—No sé. No me
acuerdo. ¿Por?
—Es que hay
quien dice por ahí que la pagó el Toto.
—No sé quién
es.
—Algo habrás
oído. Uno que mataron a la puerta del Jupiter.
—Ni idea.
Salgo poco.
—Lo mataron
con un destornillador. Llevaba pasta encima y no se la quitaron. ¿Quién haría
eso?
—No sé. Un
electricista.
—¿Vendiste la
Play?
—No. Se jodió.
—Tu hermano sí
conocía al Toto.
El Lechuga se
metió la mano en el bolso. Méndez apretó el interruptor de la luz.
—No seas
idiota. Matar a un policía es lo que te faltaba.
El Lechuga
sacó la mano del bolsillo con el paquete de tabaco. Fumar mata.
—No, no soy
idiota. Y usted tampoco. Ha venido solo y no me ha detenido. ¿Qué quiere?
—Avisarte,
chaval. No os salgáis del carril. Dile a tu hermano que el abogado tenía una
hermana. A la mínima que metáis la pata vais para dentro los dos.
—El Toto era
un hijo de la gran puta.
—Las putas no
tienen culpa de nada, déjalas en paz. A mí me preocupan los asesinos. Que no se
te olvide; vive y deja vivir.
El
inspector salió del portal, respiró un aire familiar y le salió un gesto de
fastidio al leer en la pared de ladrillo un pareado adolescente, un anuncio.
Coca y keta, voltereta.
A la misma hora en los Madriles, Antonio
Carpintero, más Toni Romano que nunca, recapitula comiendo un bocadillo en la
calle del Acuerdo después de una partida de póquer y antes de dar el siguiente
paso: El comisario Salmorejo bajo una identidad falsa y Litle Nicholas, se
entrevistaron con Javier De la Rosa. Los datos son concretos: Banco Lombarde de
Ginebra, rue de la Corraterie. Los Pujol tienen 137 millones de euros en Suiza
según la policía. Ese fue el titular del periódico elegido por Salmorejo y el
ministerio del interior que desató la guerra. Salmorejo llamaría a eso “cambiar
la historia de Cataluña”. El director adjunto operativo de la policía, DAO,
pasa a la prensa un informe de la UDEF, unidad de delitos fiscales, sin firma y
sin sello. Unos días después el director general de la policía y el banco
desmienten el informe. El expresidente Pujol salió en televisión para hacer una
pregunta:
—¿Pero qué
coño es esto de la UDEF?
Un
agente del CNI, Osorio, envió un sobre anónimo al juzgado con extractos de las
cuentas de Salmorejo en Panamá. El comisario recibía dinero de un gobierno
extranjero, el guineano. La policía no parecía interesada en la historia que
involucraba a Salmorejo, la guardia civil sí. La presencia de Carvalho en
Malabo, la capital de Guinea, ojeando al portero bizco del Atlético Semu y sus
encuentros con Osorio, movilizaron a la benemérita.
Tonia con el carrito de la niña, vuelve los
sábados a casa de sus padres en la calle de la sal. La librería de Paco
Camarasa y Montse Clavé, cerró. Tonia infla un globo e imagina el caso. El
mercado, un asesino de mano invisible, acabó con “Negra y criminal”. Las
multinacionales ametrallaron el pequeño local en la calle de la Sal el día de
San Valentín. No parecía un accidente. Se acabaron los sábados alegres con
mejillones en la librería, nada quedó de aquello, se acabaron las charlas, “los
geranios se agostaron en cenizas amarillas”.
La jefa, Carmen Balcells, que le cambió la
vida a Tonia dos veces, al contratarla y al despedirla, murió sin encontrar a
Carvalho, sin llegar a un acuerdo con Wilye el chacal y sin vender la agencia
que pasó a dirigir su hijo. La mayoría de los autores la lloran. Manuel Vázquez
Montalbán, Daniel Vázquez Sallés y Carvalho no, los tres dejaron la agencia. Kissinger
sobrevivió a la superagente, vivió cien años. La niña de Tonia pide brazos
cansada del carrito.
“ha sido entonces.
ha sonado la trompeta y se ha echado a
llorar”,
Nunca
creyó que vería lo que está viendo en directo en el informativo mientras Aldo
prepara el biberón y Nana fríe patatas. Se cortó de cantar “Mi Jaca” a gritos,
le había costado sus buenos paseos por el pasillo dormir a la niña. No había
coñac en casa para brindar por Moré, se apañó un vino frío con gas. Era
noviembre de 2017, un mes después del referéndum de independencia de Cataluña, Salmorejo
entró en prisión. Tres presos lo esperaban, eso no lo televisaron. Habían
recibido un cargamento de ibéricos, cartones de tabaco, golosinas y una
transferencia. Bebieron alcohol casero de fruta fresca a la salud de Toni
Romano. El comisario tenía pendientes decenas de juicios, los fiscales pedían
centenares de años. El New York Times le dedicó un artículo en el que repasaba
sus aventuras. Llenó portadas, programas de radio y televisión, compareció en
el senado y en el congreso. Lo utilizaron todos, explicaba una cosa y la
contraria, metía citas literarias con calzador en sus declaraciones y dijo que
en el talego intentaron envenenarlo. Toni Romano, recuperado del ictus, se
descojona en el sillón de la terraza al sol de Málaga. No le dura mucho, sabe
de primera mano cómo funciona el cambalache, el mercado amigo y enemigo. Se caga
en todo. Cargado de asco y hartazgo murmura; “España es un país siniestro de
ladrones”.
En Roma, Andrea Camilleri enfermo y casi ciego,
recuerda a Jordi Pujol. El expresident que aparecía en los papeles de Carvalho había
vuelto a escena para abroncar al parlament y avisar a quien se diera por
aludido, en otra sesión histórica: “si se toca una rama, caen todas y todos los
nidos”. Oído cocina, mensaje a todos los pájaros de Barcelona y de Madrid. Diez
años después, en Atenas, Petros Márkaris reconoce en la foto al anciano Pujol.
Tiene noventa y tres años y alzhéimer. La fiscalía le pide nueve años de
prisión que nunca cumplirá. No se acuerda de nada, señor juez.
En la Barcelona negra de 2018 murió Paco
Camarasa y Carvalho, el detective más o menos anarquista, de seguir vivo,
rondaría los ochenta años. Un jubilado achacoso cocinando pescado hervido, no
es lo que quiere la editorial Planeta. Tuvieron una idea, “Carvalho: Problemas
de identidad”. La novela que publicó Carlos Zanón por encargo estaba contada en
primera persona, el narrador era Pepe Carvalho. Una noche de lluvia y Tom
Waits, a las dos de la mañana, a punto de quedarse sofrito en el sofá bebiendo
una película con Heineken, llamaron a su puerta. No había abierto el portal, el
volumen de la televisión no estaba alto. Esperaba una cara conocida, un vecino.
Tenía enfrente a un repartidor de comida con un chubasquero rojo y una caja de
cartón. No había pedido nada.
—Bona noche.
Aquí tiene. Adiós.
—No, no. Se ha
equivocado.
—No, no.
Zanón, aquí. Adiós.
—¿Qué es esto?
—Esto para
Zanón, tú Zanón. Zanón nunca abre buzón. Adiós.
No pidió dinero y salió corriendo. Carlos
Zanón olfateó con la puerta en la mano. Olía a tortilla de patatas. Al abrir la
caja no se sorprendió, tortilla de patatas, jugosa y recién hecha. Ser famoso,
lo famoso que puede llegar a ser un escritor de novela negra, tiene estás
cosas. Un programa de radio nocturno, un cibergilipollas, un humorista o
cualquier cretino, le había elegido para pasar el rato. En la cocina tiró la
caja a la basura. El timbre otra vez, el repartidor.
—Come.
—Oiga…
—Come
tortilla. Hace Biscuter. Bona noche.
Hace Biscuter,
dice, no te jode. Los de la editorial. En la caja, debajo de la tortilla, un
móvil y un mensaje escrito con letra infantil: mira en el buzón. Puso hielo en
un vaso y añadió un chorro abundante de algo fuerte. En la película una monja
con llagas se convertía en murciélago, las paredes sangraban y una niña rubia
daba cabezazos al suelo en un desván, al lado de una oveja. Se puso la bata y
las zapatillas, cogió las llaves y siguió las instrucciones absurdas. Encontró
un paquete con una etiqueta; “Carvalho: problemas de identidad”. Doscientos
folios escritos a mano. Leyó de un tirón, tres cuartos de botella, intentando
reconocer el estilo, poner nombre al autor. La habitación empezó a salirse de
su eje, el sofá le llamó por su nombre, la luz del día le cerró los ojos, los
párpados pesaban dieciséis toneladas. Sonó una melodía ridícula, el Huawei.
—¿Carlos
Zanón?
—...Puede.
¿Quién es?
—¿Le ha
gustado?
—Mucho. Pero
la prefiero sin cebolla.
—Pensé que
siendo usted poeta, le gustaría. La cebolla es escarcha...la cebolla es
escarcha...La cebolla es escarcha.
—Cerrada y
pobre. La cebolla es escarcha, cerrada y pobre. ¿Le importaría decirme quién
es?
—Da igual.
Quiero la mitad de los beneficios, sin contrato, en efectivo, un solo pago. Le
avisaré del cuándo y dónde.
—Necesito
dormir. Llame en otro momento.
Carlos Zanón
puso la cabeza en el cojín, encontró una patria mullida y el universo se lo
tragó.
Carlos
Zanón observa la puerta tomando una cerveza sentado en el Oz Blues Bar, un
local de música en directo entre el restaurante pakistaní Punjab y un bazar de
todo a euro, en el carrer Nou. Es temprano, poca gente. Un grupito alterna las
visitas al lavabo. Canta Ray Charles por la mañana, en el calor de la noche. El
escritor sigue sin tener claro qué pinta allí, la voz del teléfono le ha dado
indicaciones. El tío que se dirige a su mesa, después de mirar a través del
cristal, tiene pinta de guiri. Es francés. Le ha dado tres besos y ha pedido
pastís. Se presenta como Patrick Duluc, su castellano suena a varios veranos en
Alicante y asegura ser un negociador.
—¿En nombre de
quien negocia usted?
—Del señor
Plegamans, naturellement. Un caballero exceptionnel gran amigo mío y un chef
mágico.
—¿Plegamans?
... ¿Biscuter?
—Don Josep
Plegamans Betriú, un catalán universel. Antes conocido como Biscuter, en effet.
Duluc puede
ser un actor, un chiflado, un fan de Carvalho, miembro de una secta catara, un
mafioso marsellés o un cocinero con ocho estrellas Michelín. Ha recibido un
texto, luego puede ser escritor. Los escritores pueden convertirse en todos
esos personajes a la vez.
—¿La novela es
suya?
—Oh, no, no,
no, bien sur que no. El autor es el famoso exdetective Carvalho. Monsieur
Plegamans es su agente littéraire. Yo soy un delegado. ¿Le ha gustado la obra?
—Mucho. Tiene
ritmo, es creíble, cumple con el género sin tópicos y mantiene el interés hasta
el final. Es el trabajo de un profesional, no parece una primera novela. Mire,
Duluc o como sea su nombre, no creo nada de lo que dice.
—La verdad,
cher ami, está sobrevalorada. Lo que digo va plus loin de la verdad, hablo de
un milagro. Pepe Carvalho es un excelente narrateur y se ha dado cuenta de algo
douloureux para él, ha estado muchos años trompé. Los libros sí ayudan a vivir,
surtout al escritor. Contar parte de sa vida ha sido fácil para él, la contó
muchas veces al Escritor. Es una histoire antigua, c'est clair, pero lista para
publicar. No le negaré quelque chose, también es una venganza personnel del
señor Carvalho contra Vázquez Montalbán.
A Zanón le da pereza entrar en una charla
sobre verdades, milagros y venganzas. Prefiere acercarse a la barra. Pide más
cerveza y otra palomita para Duluc. La anterior se la ha bebido de dos tragos,
dividiendo el vaso en mitades exactas. En el aire B.B. King se queda a vivir en
una nota. Al volver con las consumiciones Duluc le invita a fumar en la calle.
El francés enciende un cigarrillo perfectamente liado y un olor picante a polen
bueno hace volverse a los transeúntes.
—La novela
negra, la série noire, la inventamos nous los franceses al terminar la deuxième
guerre mundial. Literatura de quiosco, Black Mask, autores norteamericanos,
cultura populaire. También la expresión film noir es francesa. El western
representaba la tradición, la épique del nacimiento de una nación, John Wayne,
les republicaines. La novela urbana était social, nocturna y crítica, Bogart,
les demócrates. El cinema, una invención francesa, al llegar a Hollywood,
descubrió a los americains la izquierda y la derecha, otro invento francés.
—Estamos en
Barcelona, señor Duluc, en lo que fue el barrio chino, esto no es un café de
París. Si intenta colar esa parrafada a cualquiera de por aquí le apuñalan, le
quitan los porros y le tiran a un contenedor. ¿Qué quiere?
—La mitad de
tout. Ya se lo dijo el señor Plegamans por telefón.
— Si me
presenta a Biscuter y a Carvalho le doy lo que quiera.
Un hombre con
sombrero de ala ancha, abrigo azul, corbata amarilla, gafas y bigote canoso se
acerca. Abre los brazos como forma de saludo y arruga la nariz.
—¡Coño, Carlos
¡¿Qué haces aquí?
—Andreu...me
alegro de verte. Ya ves, tomando algo con este amigo. Os presento, Andreu,
Duluc. Duluc, este es Andreu Martín, un escritor.
—El autor de
Cabaret Pompeya, Prótesis, Barcelona conecction y el blues del detective
inmortal, un honneur y un placer, monsieur Martín. Su obra es tres estimé en
Francia. Le ruego acepte una invitación ¿Qué quiere tomar?
—No, no
gracias, invito yo. El bar es mío. Lo inventé para una novela. Era de un
traficante, un personaje. Se quedó vacío y me lo quedé. Pedid lo que queráis
está todo pagado.
Duluc hace
intención de pasar el petardo a Andreu Martín y le interpela como si fueran
viejos conocidos, cómplices en un delito. Andreu Martín niega con un gesto.
—Plegamans y
Carvalho disfrutaron mucho de su libro, monsieur Martín. Se sienten tout a fait
identificados con sus personajes, aunque haya changé los nombres. Diré, para su
información, que mi queridísimo amigo el chef Plegamans a eté declarado
inocente de todos los cargos por el asesinato, simulado como usted sabe, de
Pepe Carvalho.
—Hace quince
años que escribí esa novela. Era un homenaje a Montalbán, sin paliativos. Pepe
Orvallo y Cuatro Latas intervenían en un caso de María de la O Zabala, la
pianista de jazz que entonces tenía este local alquilado al tío Reyes, un capo
local de la cocaína.
Zanón rechaza
el ofrecimiento del francés, una chusta inaprovechable, e interviene.
—¿Zabala la de
“El signo de los cuatro”? Eran buenos, los vi en la semana negra de Gijón. ¿Qué
historia es esa del asesinato de Carvalho?
—Lee la
novela, ya no me acuerdo. No puedo quedarme. Vais a decir que estoy loco, pero
tengo un soplo, un atraco dos calles más abajo, en cinco minutos. Encantado de
conocerle señor Duluc, nos vemos Carlos, salud.
Desaparece
Andreu Martín y Zanón vuelve al negocio.
—Usted decide,
Duluc.
—D’accord.
Haremos una video conférence. ¿Mañana a midi?
—Si midi son
las doce, me viene bien.
—Pues
brindemos, cher amí. Pour la vie.
Podría ser Biscuter. Vázquez Montalbán lo
describe tal cual lo está viendo Carlos Zanón en la pantalla del Huawei,
descontando las arrugas. Han pasado dos décadas desde su última aparición en
“Milenio”. Carvalho no quiere ser visto. Se escucha su presunta voz. No existen
descripciones suyas, alguna muy somera, y dado que no hay posibilidad de
comparación, no se muestra a la cámara. Zanón ha pasado la noche preparando un
cuestionario al que solo podría contestar Biscuter. No falla una y se extiende
en las respuestas sin titubeos. Zanón ha releído la novela y le extraña un
episodio.
—¿La novela es
verídica, verosímil o de ficción?
Contesta
Carvalho al que se escucha encender un mechero y aspirar el humo de algo
fumable, cigarrillo, puro o pipa.
—Es como las
de Vázquez Montalbán, pero en primera persona. En vez de contarle una historia
para que él la maquille y me las haga pasar putas, cuento lo que pasó. Me
permito alguna licencia, pequeña, para proteger algunas identidades. Eso es
todo.
—Biscuter gana
Máster Chef. Eso es creíble, aunque sea mentira.
Biscuter
protesta, se declara ganador de la última edición del programa.
—Claro que
gané. En la edición de un país más grande y con más cultura gastronómica que
España. No diré cual, ni dónde. No quiero una legión de seguidores con mandil
llamando a mi puerta. No nos despistemos. O le interesa la novela, o no le
interesa. No hay vuelta de hoja.
—No tiene
sentido que acepte, estaría siempre en sus manos, podrían extorsionarme.
Entregaré el borrador en Planeta y diré quién es el autor. Una novela escrita
por Pepe Carvalho tiene un valor incalculable. No quiero nada.
—Que no, coño,
nosotros no existimos. ¿Cree que Pepe Carvalho puede poner una denuncia por
violación de los derechos de autor? Lo único que queremos es una retribución
para Pepe sin campañas de promoción, fotos, periodistas, firmas en ferias o
charlas en auditorios. El jefe siempre tuvo miedo a la vejez. Es viejo desde
hace años ya y tiene sus achaques. Eso no le ha cambiado tanto como creía.
Sigue siendo un empecinado. Con mis negocios puedo mantenerle a cuerpo de rey,
aunque viva cien años, pero no quiere, es muy orgulloso y todavía tiene
ingresos, no crea. Además, está la señorita Charo que se merece lo mejor y se
ha ganado el cielo, la galaxia y el universo. Mire, usted publica el libro con
su nombre y le pasan a recoger en helicóptero, le vendan los ojos, le traen a
nuestro castillo alquilado todo el verano en montañas cercanas y le cocino
cojones de periquito con salsa bechamel. Ahora recuerde su promesa, no puede
volverse atrás. Dijo que si éramos presentados usted cedía todos los derechos y
apoquinaba la totalidad de las ganancias. Cumpla su palabra o le mando a Duluc
para que le explique la revolución francesa y le lea la enciclopedia.
Abrumado,
Zanón recuerda su primera juventud. Las novelas de Carvalho eran un referente
mestizo de cultura popular y cultura universitaria. Describían un mundo y un
país, una evolución de la sociedad. Detecta en el presente una amnesia
inducida, una revisión de las lecciones históricas, la manipulación de los
hechos realmente ocurridos.
—No, por
favor, Duluc no. Acepto.
Mañana madrileña, septiembre. Maruja
desayuna en la cocina. El fisio no puede venir. Pretende leer tranquila la
prensa, no hay manera. Cierra la red, las redes, y abre el correo, tiene una
invitación de los organizadores de la Semana Negra de Gijón. Adora esa
literatura. Una característica de los escritores de novela negra en la lectura
marujiana de Manolo, el italiano, el griego o Paco González Ledesma, es “la
necesidad de estar deprimidos, de ver ¡oh! El horror de la vida. A los
personajes todo les sale mal. Carvalho no está enamorado de la puta sino de una
rubia estúpida que le pone cuernos. La única que consigue animar a su
detective, Brunetti, es una mujer, Donna León”. Cree que las mujeres son
mejores conocedoras de la naturaleza humana. Irá a Gijón. Tiene un mensaje de
Tonia Calógero. Contesta. Sí, pueden verse antes de ir a Gijón. Sí, estará
Marieta, Charo también.
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