Caldo de Carvalho (VII) Esos ángeles...
PARA ENTREGAR EN MANO AL COMISARIO MONTALBANO
Remitente: Nino Castellano.
Belmont, Bronx, NYC.
Queridísimo Salvo mi nombre no te dirá nada.
Quedan muy pocas personas vivas en Sicilia que puedan darte señas sobre mí y
todas tienen más de noventa años. Hace tiempo que me retiré, no me quedan
amigos ni enemigos, nadie puede hacerme mal. Mi vida en EE. UU. no ha sido
plácida, tampoco me quejo. Formé una familia, me gané bien la vida y he llegado
a viejo. Se lo debo a tu abuelo. Me escondió en su casa cuando era un huérfano
sentenciado a muerte por mi apellido. Hizo posible mi llegada a Nueva York con
ocho años, veinte dólares y una carta para la honorable familia genovesa que me
acogió y me dio un futuro. Nadie hizo nunca tanto por mí. No pude
agradecérselo. Conservé desde que salí de Catania una medalla de plata con la
imagen de Santa Águeda y la fecha grabada de mi partida. Me la puso al cuello
tu abuelo y se quedó con otra igual. Me dijo que si algún día volvíamos a
cruzar nuestros caminos serviría para identificarnos. La envío como prueba por
si te surgieran dudas de la autenticidad de esta carta. Estoy casi ciego, pero
no sordo. Oí tu apellido y quise saber quién eras. La sorpresa fue muy
agradable. Me alegra, no sabes cuánto, que seas un funcionario honesto y que
hayas podido evitar depender de las familias. En memoria de tu apellido y de tu
abuelo quiero hacer algo por ti. No será suficiente para pagar la deuda. Sé que
estuviste en Barcelona y lo que fuiste a hacer allí. Carvalho trabajó para la
CIA, eso ya lo sabes, en los años de Kennedy. Lo conocí en el Flamingo de Las
Vegas en 1962. Me lo presentó Sinatra como uno de los guardaespaldas del
presidente. Los de la CIA y los cubanos de Miami decían que un excomunista
gallego podía ser muy útil contra Fidel. Me encargaron pegarme a él para
descartar que fuera un topo de los soviéticos. Nos hicimos grandes amigos. Me
descubrió los secretos de la calderada gallega y el rabo de buey y te aseguro
que se le saltaban las lágrimas con mis arancini. Meyer Lansky, socio del
Flamingo, el primer gran hotel-casino de Nevada, el único estado donde el juego
era legal en Norteamérica, aún soñaba con recuperar el Habana Riviera de Cuba,
en el que había invertido millones de dólares, y los demás hoteles y casinos
cerrados por la revolución en los que tenía un porcentaje. Idearon un plan para
introducir en la isla a Pepe convirtiéndolo en cantante de boleros. Fue un
fracaso. Tenía muy mala relación con el ritmo. Al morir Kennedy algunas
sospechas se dirigieron contra él. Decidieron borrarlo del mapa, nunca había
existido. Diseñaron un pasado y una nueva identidad. Carvalho cogió los nuevos
documentos, certificados de estudios, fichas médicas, pasaporte suizo y
desertó. Cruzó la frontera por El Paso, Texas. En Ciudad Juárez perdieron su
pista. No le culpo, yo habría hecho lo mismo. Un consejo, busca a la mujer. Una
gitana portuguesa llamada María, Marieta. Estuvo en sierra Maestra con los
barbudos y se infiltró en un grupo anticastrista de Florida. A primeros de los
setenta viajó a España con el objetivo de matar a Batista, protegido por
Franco. Hay dos personas en La Habana que pueden ayudarte. Mario Conde, un
detective con vicios de escritor y Chinolope, amigo del Che Guevara, el hombre
que fotografió para “Life” el cadáver de Albert Anastasia en la barbería del
Hotel Park Sheraton de New York y a Santo Trafficante en el cabaret Sans Souci
de La Habana. Suerte. Que dios te bendiga.
Un rapaz
con berretes sentado en la playa junto a la toalla de Montalbano, le entregó al
salir del baño la carta de América sin decir una palabra. El comisario no lo
había visto llegar. Aseguró después de leves presiones llamarse Piero, tener
diez años, y confesó que un hombre en una motocicleta con el casco puesto, le
había dado diez euros por entregar el sobre. Señaló con el dedo la carretera.
El motorista se dejó ver a menos de cien metros, presenció la entrega y se
alejó sin prisa. El comisario no pudo identificar el modelo del vehículo, ni se
planteó un intento de persecución. Piero muy serio se marchó andando por la
arena sin prestar atención al señor mayor que le reñía. No vuelvas a coger
dinero de extraños o te detendré, llamaré a tus padres y acabarás en prisión el
resto de tu vida, entre asesinos y maestros. Piero volvió la cara sin detenerse
dedicándole su mejor repertorio de muecas.
Las
cuartillas escritas a mano con una caligrafía excelente le produjeron una
mezcla de inquietud, orgullo familiar y dudas. Examinó la medalla, la había
visto antes. Ni su padre ni su madre viven para contestar preguntas. El
apellido no es desconocido. Ha leído las novelas de Leonardo Padura y Mario
Conde, expolicía, es su otro yo. Viajar a Cuba en busca de Mario Conde y un
fotógrafo, que tal vez puedan ponerlo en la pista de una anciana relacionada
con Carvalho cuarenta años antes, es una estupidez. Puede rastrear el apellido
en la isla, preguntar a los viejos por Nino Castellano, lo demás queda fuera de
su alcance. Copia la carta eliminando la parte más personal y la envía a la
agencia de Carmen Balcells.
Tonia ya sabe que Carvalho le pegó por amor un
tiro mortal a un sociólogo psicópata en “El hombre de mi vida”. Es el asesinato
que lo lleva a la cárcel. Se entregó. Carvalho en el módulo, en el patio, en el
chabolo, en las duchas, en el comedor. Carvalho definitivamente alejado de
Charo, de Biscuter. Carvalho renunciando a ser el viajero que huye y a los
mares del sur. La cárcel cierra el círculo, fue una elección, un personaje puede
preferir no colaborar con la devastación. Tonia acude con preguntas a Machado
cuando se encuentra perdida. El profesor poeta pasó la primera noche del exilio
en un vagón sin uso, en una vía muerta de la estación de Cerbere.
A dos
horas de Barcelona, en su tumba, Tonia deja todos los años una nota. Esta vez
ha ido sola, busca silencio. Una pregunta escrita a Don Antonio: ¿Existen los
personajes? Mira la lápida conmemorativa, el buzón lleno. Al oír el canto de
los pájaros recuerda que veinte años después de la muerte del poeta, Pau Casals
llegó con su cello un día frío, a tocar para él.
En la
pequeña playa de Colliure, con los zapatos en la mano y los pies en el agua de
la orilla, suena el móvil. No es Don Antonio, es de la agencia. Tiene la
tentación de tirarlo al mar. Es Moré. Lo tira a la papelera.
Traducir
la carta enviada por Salvo Montalbano le llevó media hora. Abre un mundo nuevo
hacia el Atlántico. Ancianos italianos, cantantes, agentes de inteligencia,
mujeres preparadas para matar, revolucionarios, gánsteres, y santa Águeda, la
patrona de Catania.
El sábado
a primera hora Tonia entra en la librería. La librera prepara una salsa en un
fogón pequeño. Interrumpe el guiso y se quita el delantal mientras saluda,
intrigada por las gafas oscuras de la joven en un día con cielo color “panza de
burro”. Paco se levanta del escritorio y abre los brazos.
—Mi clienta favorita. Me alegro de verte. Los
sábados traemos mejillones del mercado. No están hechos todavía ¿Quieres un
vino? Es tinto sangriento.
—Hola, si es joven sí. Huele bien.
—¿Cómo vas con la lectura? ¿Te gusta lo de
Carvalho?
Tonia prueba el vino antes de contestar.
—Carvalho va perfecto para mi metabolismo
sentimental. Pondría alguna pega a la temperatura de este vino, demasiado alta.
Resalta lo dulce y el sabor a alcohol. El tinto no debe beberse frío, pero sí
más fresco cuanto más joven. De todas formas, no me gusta el vino. Salud.
Paco intenta procesar la frase. La joven parece
víctima de una sobredosis de detective gallego. La librera no quita ojo a la
joven que habla como un personaje de novela.
—¿Has leído todo?
—Sí. ¿Conoce a Mario Conde?
Paco termina su vaso de un trago. Tonia pregunta
por sorpresa como los policías veteranos.
—Claro, coincidí con Padura en Gijón al final de
los ochenta.
Enciende el disco duro mental. Leonardo Padura,
escritor, cubano, admirador de J.D Salinger, licenciado en literatura,
periodista, bebedor y fumador, aficionado a la pelota, el beisbol. Mario Conde,
personaje, expolicía, aspirante a escritor, cubano, admirador de J.D Salinger,
bebedor y fumador, aficionado a la pelota.
—Padura tiene en Tusquets tres novelas. Algunas
anteriores, diría que dos, publicadas en Cuba.
—Me las llevo. Se está pegando la salsa de los
mejillones.
Titubea Paco. Mira a Montse que reacciona y
retira la sartén. Busca los libros. Se gira con “Adiós Hemingway” en la mano.
Aparece otra, “Paisaje de Otoño”.
—No encuentro la que falta. Te la pido si
quieres.
—De acuerdo, gracias. Ah...tomillo, falta
tomillo. En la cocina con memoria es conveniente el olor antropológico.
El librero la ve salir sin reponerse, la
respuesta ocurrente se le ocurre tarde. Su compañera olisquea la salsa
valorando la proposición. Un atracón de Carvalho en plena juventud puede
afectar la digestión. No parece grave. Si la próxima vez viene hablando con
acento habanero, empezarán a preocuparse.
Malik
llama por el chivato del portal y Tonia baja. Sube de paquete en la moto, van a
San Roque. En el corro de vecinos, muchos de ellos amigos de Malik, circulan
cervezas, pastelillos de la panadería, algún peta. Se escucha cantar al Faliyo
por el parque. La Nuri, asomada a la ventana, saluda. Osorio, el voluntario,
también. Es parte del paisaje. Recorre los portales, habla con los que no
tienen papeles, da consejos legales. Antes de subir, Tonia escucha un rato la
conversación. Malik está preocupado, no lo puede disimular. El sábado debuta en
un garito de Badalona. Lleva tiempo escribiendo, rimando, observando, rapeando.
Le gustan las bases simples, cuanto más sencillas mejor. No le gusta el rollo
gallo. Habla de su calle, los curros de mierda, los vendehúmos, de lo que se
acuerda y de lo que olvida, de lo que quiere y lo que no. Ha montado el
concierto un colectivo de migrantes, el sindicato apoya, quieren recaudar pasta
para los juicios. Cada vez que Malik menciona el sindicato Tonia desconecta. Él
se da cuenta y cambia de tema, pregunta por alguien que está a punto de salir,
el Cholo, un preso habitual. Todos lo conocen. Sale en la conversación Messi,
el chavalín nuevo que la rompe. Ahí Tonia se da de baja y tira para donde la
Nuri, espera novedades sobre Charo y Pepe. Va a flipar con la carta de Nueva
York. Trae miel, mató y nueces. Ha leído la última: “Los mares del sur”.
—Ya nadie me llevará al sur.
La Nuri arruga la cara pidiendo explicaciones.
—Es un verso. El sur es una metáfora. Ese sitio
del que no querrías volver.
—Eso no existe y no sé qué es una metáfora.
—Los fugitivos necesitan un final, una ilusión.
Tu sur es París.
—Nadie me llevará a París, iré sola. Y no huyo,
busco.
—Eres africana, mujer y pobre. Todo el mundo te
persigue.
—No me amargues la tarde, Tonia. Ya veremos. Voy
a hacer un tecito.
La jefa
los ha llamado al despacho. Moré tardó cinco minutos en apuntarse al viaje a
Cuba. Por una corazonada, Tonia introdujo en el buscador de WikiLeaks a Carmen
Balcells. Encontró un cable de
1976.
MAY
BE POSSIBLE CONTACT DONOSO THROUGH HIS LITERARY AGENT, CARMEN BALCELLS, AGENCIA
LITERARIA, AVDA. GENERALISSIMO FRANCO 580, BARCELONA, PLEASE ADVISE.
KISSINGER
UNCLASSIFIED
Kissinger intentando contactar con José Donoso,
un escritor chileno, en pleno pinochetismo. ¿Qué interés podría tener para un
secretario de estado?
La jefa, a medio retirar, está de mal café. No
hay avances. Que Moré ponga en duda la existencia de Carvalho le enerva ¿Quién
mató al sociólogo Anfruns?
—Pepe tiene que aparecer. Seguís teniendo carta
blanca pero no quiero volver a recibir videos tuyos, Moré, ni facturas de
besugo y angulas. Mírame, ¿Tengo cara de idiota?
—No, Carmen. La próxima vez pido tortilla, no te
preocupes. O sopa. Me encanta la sopa. Te lo agradezco mucho y, si no es mala
pregunta... ¿Por qué me has elegido a mí para este lío?
Carmen dejó pasar unos segundos. Se transformo en
oráculo cardenalicio.
—Sé algo de editoriales. Tengo amigos en Uruguay
y en Panamá. Uno me dijo literalmente que Salmorejo te recagó. Una razón para
que no te dejes engatusar. ¿Por dónde te llegas?
—Estoy a punto de contactar con Doña Rosario,
Charo. De momento no coge el teléfono.
—Tenme informada. Quiero una llamada diaria. A la
vuelta vienes con las facturas, los mojitos te los pagas tú. A la próxima
estupidez, Moré, vuelves a las catacumbas. He llamado a Leonardo Padura, os
recibirá. Tonia, hija… ¿Desde cuándo fumas?
Moré respira al dejar de ser objetivo de la jefa.
Tonia hace girar un puro con los dedos mientras lo enciende.
—Es un Cerdán. Los hacen en Santo Domingo.
¿Quieres uno?
—Lo que me faltaba. ¿Estás bien, cariño?
—¿Preguntabas eso a Montalbán cuando encendía un
cigarro?
—Contestas con otra pregunta. ¿Te estás haciendo
gallega?
—Un pouquiño. Montalbán decía que hay que medir
los riesgos de fumar poco y bien como un servicio a la supervivencia de una
cultura.
Carmen arruga la frente, señala a la traductora
con el dedo.
—Te estás pasando. Cuando hayas escrito miles de
artículos, poemas, ensayos, novelas, prólogos, guías y recetarios, te tomaré en
serio y escuchare tus comentarios. De momento o dejas de citar a Manolo todo el
rato o te pido hora con el psiquiatra.
Tonia ignora el reproche, pone la espalda recta y
cambia de tema.
—¿Quién te llamó en 1976 para que le pusieras en
contacto con José Donoso?
—¿Me preguntas por una llamada de hace treinta
años?
—¿Eres de Pontevedra? ¿Has leído “El jardín de al
lado”? Es una novela de Donoso. En ella dice que el boom latinoamericano fue un
invento de alguna agente oportunista y los editores catalanes.
Esa crítica la ha oído antes muchas veces. No la
altera.
—No soy inventora, Tonia querida. Sí, leí esa
novela. Es sobre la envidia.
—Donoso te cambia el nombre, pero eres fácil de
identificar.
—No te preocupes por mí, no me busca el FBI.
Céntrate en Carvalho. Por cierto, a Donoso le alquilé una casa en Vallvidrera.
Fue vecino de Manolo y de Carvalho.
Moré no
expresa nada, ni verbal ni gestualmente. Tiene la sensación de estar
perdiéndose algo. Nunca ha oído hablar del tal Donoso.
Sin la
aparición de Charo para dar confirmación, la existencia de Biscuter sigue
siendo imaginaria. El personaje se ha pasado la mitad de su vida haciendo la
compra para el jefe en La Boquería. El mercado, nacido extramuros de la ciudad,
convertido en atracción turística, tiene, o debería tener, memoria. Malik va
dos veces por semana a recoger pedidos del restaurante. Lleva una descripción
borrosa de Biscuter y cien pavos en el bolso para gastos. Según las indicaciones
de Tonia, el tal Josep Plegamans, al que podrían conocer por cualquier alias,
incluido el de Biscuter, busca material de primera, es proclive a husmear, a
preguntar y al palique. Las paradas antiguas son el objetivo. Palmira i Neus
venden buen marisco y llevan muchos años con el puesto abierto. Decide ir a
última hora, cuando están recogiendo y los agobios son menores. No sabe por
dónde empezar. Improvisa, saca una libreta. Palmi se adelanta con una caja de
mejillones en las manos.
—Hola, vida, lo tuyo no está hasta mañana.
—Ya, venía por otra cosa. Quería preguntaros
algo. Será solo un minuto, si no os importa.
—Venga, empieza, que termino de guardar esto en
la cámara y cerramos. Te contesto yo que la Neus está con las cuentas.
—Gracias, no tardo nada. ¿Sabes quién era Manuel
Vázquez Montalbán?
—Claro, corazón, Manolo, el escritor. Vino alguna
vez. Miraba al pescado a los ojos. Un sol.
—¿Has leído alguno de sus libros?
Cierra el grifo de duchar nécoras, abre la cámara
y contesta.
—La duda ofende. Galíndez, el Pianista, el
Estrangulador…
—¿Sabes quién es Biscuter?
—No, Carvalho me cae mal, no se porta bien con
Charo. Prefiero las otras novelas y los ensayos. Me gusta “Contra los
gourmets”. No aguanto a los listos. No distinguen un bogavante de una sandía.
—Pero…entonces sí has oído hablar de Biscuter.
—Sí, hijo, sí. El ayudante del detective.
—¿Biscuter compraba aquí?
—No. Aquí venía a por cangrejos Elvis Presley.
¿Me estás vacilando?
—No, mujer. Verás…
Palmi se quita los guantes y se pone en jarras.
Podría arrancarse con una jota.
—Es que…Una amiga dice que Biscuter existe, que
es una persona real y que compraba en este mercado.
Se lava las manos resoplando. Dobla el delantal,
hace ademán de ir a preguntar a la Neus. Se planta.
—Un fetillo como nacido con fórceps, pequeñajo y
tirillas, poco pelo, rubiajo, ojos saltones, y el cráneo aplastado. Hostia,
nunca se me habría ocurrido…Sí, Pep, el Bacalao. Hace mucho que no viene. Era
cocinero, o eso decía. Educadísimo, un cielo.
Malik
pregunta en otros puestos. Pep el Bacalao era Pep el Bellota en La Llar Del
Pernil, Pep Cabrales en la Formatgería Forés, Pep el Moras en la frutería de
Laura i Marc Besora, Pep el Esparrago en Verdures Peña, Pep el Riñones en
Carnissería Tere, Pep el Embuchao en Tocinería Víctor i Paqui. Mínimo común de
las descripciones: exigente, amable, nervioso. Hace años que no han vuelto a
verlo. Lo que Tonia le había contado de Josep Plegamans, Biscuter, coincide al
cien por cien con el Pep más conocido de la Boquería. No pudieron dar ni un
dato concreto para localizarlo. Ni dirección, ni amistades. Salió a la Rambla.
—Eh, morito.
Malik se
giró molesto. Una anciana pintada a pistola chupaba un polo de limón sentada en
el capó de un coche. Puede que llevara ahí más tiempo que el Liceo.
—He oído que buscas a Pep, el Chochos.
No estaba seguro de querer conocer la historia.
Tonia la trataría de usted.
—Dígame, señora.
—Señorita. Me cuesta hablar, hijo.
La mirada
también es un lenguaje. Aquella era fácil de traducir a pesar de las gafas de
espejo.
—¿Cuánto?
—Cuanto más mejor.
Sacó
veinte lereles del bolsillo. Ella los cogió con manos de madera de olivo, los
dobló y los guardó en el bolso.
—Ahora nos sentamos en una terraza, me invitas a
un café con ensaimada y te cuento. Eres muy guapo, niño.
Se
sentaron en el bar más cercano y el camarero los miró como un mosso d’escuadra.
Mantuvo la distancia por si tuvieran algo contagioso. La mujer se transformó en
una niña con dudas entre lo que quedaba de polo y la llamada del bollo. Pegó el
último mordisco al hielo amarillo, tiró el palito y se echó en el café los
sobres de azúcar. Los suyos y los de Malik. Encendió un Fortuna y se fue a la
infancia.
—El Pep me trataba bien. Cuando estaba interno
con los curas, en el asilo Durán, en la Bonanova, mi madre trabajaba limpiando
para una familia de las de mucho dinero. A mí me dejaba toda la mañana
esperando en la calle con un cucurucho de chochos. Tenía doce años. Veía a los
niños en el patio detrás de la verja y un día el Pep me pidió unos pocos.
Pasaba más hambre que nosotras. A mi madre le dio pena y empezó a comprar dos
cucuruchos. Cogimos confianza y cuando salió seguimos viéndonos. Robaba coches.
Dimos algún paseo por el Tibidabo y nos traía tortilla de patatas. Mi madre le
llamaba “el chochos”. Entraba y salía de la cárcel. Cuando me quedé sola y vine
al chino a buscarme la vida, me ayudó. Me daba veinte duros cuando podía y me
invitaba a un aguachirri. Esto de ahora sí es café. A mí los tíos me dan asco.
Todos. Por mí como si revientan, pero al Pep le tenía cariño. Uno que conocía
de la cárcel le dio trabajo y se quedó a vivir en su oficina. Se volvió un
señor y todos los días venía al mercado. Cuando necesité mil pesetas me las dio
y me traía raciones de los platos que cocinaba. Un día me dijo que se iba. Al
jefe le habían metido en la trena y estaba en el paro. Tenía algo ahorrao y
quería ir a Francia, a París. No he vuelto a saber de él. Estará en algún
restaurante, cocinaba bien. Si lo ves, dale recuerdos de Margot.
Malik sacó otro billete azul. Al dar las
gracias y mirar a la señora subiendo la Rambla, le entró urgencia por fumarse
cuatro porros y desnucarse con el programa de televisión más estúpido que
pudiera encontrar. No pudo, nada más sentarse en el sofá compartido del piso
compartido, aparecieron Sofiane y Rubén. Necesitaban un portero solvente para
jugar contra los de Frutas Juli, líderes de la liga.
Malik pasó sus primeros meses en Barcelona
vendiendo un emplaste prensado de jena, leche condensada y cera, por la rambla
y alrededores. En una esquina de la calle Lancaster un policía de paisano le
pilló distraído, le enganchó del pescuezo y le puso contra la pared echándole
en la cara un aliento al ajillo. Llevaba un abrigo raído, zapatos gastados, un
periódico en el bolsillo y era viejo. Menos Malik todos en el Raval lo
conocían. Méndez.
Cuando
Barcelona hablaba latín el inspector Méndez ya era experto en madamas,
gonorreas, abortos clandestinos, sadomasoquismo, exhibicionistas, grifa y
cocaína. Conocía mejor el barrio chino que el reglamento. A Malik le pegó un
pescozón profesional, le quitó el material, lo tiró a una alcantarilla y le
explicó que, a la siguiente, se encargaría personalmente de que le dieran por
el culo todos los presos de la modelo, especialmente los sifilíticos. Se marchó
por la calle del Arco del Teatro en dirección a la Rambla. No había vuelto a
verlo hasta hoy. Le tocó el hombro por la espalda cuando salía del restaurante.
Se dirigió a él por su nombre. No recordaba habérselo dicho.
—Hombre, Malik. ¿Cuánto tiempo llevas ya en
Barcelona?
—Cuatro años.
—¿Por qué buscas a Plegamans?
Méndez.
Sólo oír su nombre vaciaba, y sigue vaciando, calles en las que el agua va más
rápida que la luz. Méndez no será comisario, ni pasará de la escala básica.
Nunca le cayó bien a sus jefes, ni a los de antes, ni a los de ahora. Vigila
los urinarios desde época romana para salvaguardar la ley, el orden y el
decoro. Lo suyo es pisar las calles de una Barcelona que desparece. La del
Campo de la Bota, por ejemplo, con pasado de ejecuciones y presente de
primavera sound y feria de Abril. Malik no cree que Tonia tuviera inconveniente
en que contara la verdad y eso hizo. Biscuter, Josep Plegamans, tenía ficha
policial y había pasado la mayor parte de su vida en territorio Méndez.
A Méndez,
lector e investigador, vestigio de otro siglo, lo quieren jubilar. Por viejo,
por testigo del pasado. Aguanta como puede a su manera; un pistolón de la
guerra de Filipinas, libros, fijarse en la ropa tendida, un oído fino y la
amenaza de una birria de pensión. Méndez leía a Montalbán y Montalbán a Méndez:
“Las centrales de policía ni se crean ni se destruyen, simplemente repintan sus
fachadas”.
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